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Pozo, pampa, circo, osamenta, patria, vacas voladoras. Son algunas de las palabras que atraviesan esta road movie criolla, Osamenta y Patria, con dramaturgia y dirección de Andrés Binetti. Un gaucho y una gaucha llevan a una paleontóloga en busca de la osamenta de un “Pterodáctilo bovino” que, supuestamente, habitó La Pampa en el período mesozoico.

En este camino por las tierras de la vaca voladora aparecerán personajes que, con humor y versos, pondrán en juego distintas formas de imaginar la nación. La paleontóloga llega impulsada por la promesa del progreso científico y el reconocimiento internacional, mientras que el capitán del fortín habla de construcción y organización desde la tierra que hay que cuidar. Las maestras encarnan el ideal educativo de un país que mira hacia el futuro, con sus desilusiones e intentos por mantener la vocación, a la vez que el cacique observa con ironía las promesas de una patria que parece siempre estar por realizarse. El gaucho y la gaucha ofician de guías que conocen el camino y la tierra que pisan. Sin ofrecer respuestas cerradas, Osamenta y Patria trae distintas voces: cada personaje parece sostener una pieza distinta de ese rompecabezas que llamamos patria.

La carreta funciona como el principal dispositivo escénico sobre la que se acumulan diversos objetos, como una silla arreglada para la paleontóloga, que acompañan el viaje. Cada elemento allí presente parece hablar de quienes lo ocupan y de la posición desde la que imaginan el país. Esta carreta, y su transformación en fortín, acompaña también los cambios de la propia estructura dramática. A lo largo de la obra, los intérpretes anuncian las elipsis temporales y espaciales, reorganizan el espacio escénico y aportan información contextual, interpelando directamente a los espectadores. La presencia de la zanja de Alsina y las discusiones sobre las fronteras del territorio sitúan el viaje dentro de un país que todavía está intentando definirse. Estos procedimientos interrumpen momentáneamente la ficción para recordar que el pasado también es un relato construido.

La propuesta encuentra en su elenco uno de sus puntos más fuertes. Los acentos, los modos de hablar y las corporalidades aportan espesor a personajes bien construidos, reconocibles en sus diferencias y siempre alejados de la caricatura. Destaca la presencia del cacique, que alterna entre personaje partícipe de la acción dramática y realizador de música en vivo, aportando una sonoridad que dialoga con el paisaje y la historia que la obra pone en escena.

Aunque situada en el siglo XIX, la obra nunca queda atrapada en la reconstrucción histórica. Las referencias al presente aparecen de manera constante, a veces sutiles y otras abiertamente sarcásticas, estableciendo puentes entre los debates fundacionales del país y discusiones que siguen vigentes. Con ese humor, la educación, la relación con el territorio, la tensión entre tradición y modernidad o las promesas de prosperidad regresan una y otra vez bajo nuevas formas.

Osamenta y Patria pone en diálogo proyectos de país, tensiones históricas y formas diversas de imaginar la Argentina sin reducirlas a una única lectura. En esa convivencia de voces aparece una identidad nacional entendida como discusión permanente. La obra le permite al espectador reírse por un momento de su propia tierra, y así invita a volver sobre preguntas que siguen abiertas y a acercarse, desde el humor, a aquello que llamamos patria.