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“¿A quién volvés a elegir en cada universo?” Esa es la pregunta que recibe a los espectadores antes de entrar a la sala. Desde ese primer momento, esta obra de teatro ya nos invita a pensar en las personas que son significativas en nuestras vidas y en la posibilidad de que, si las cosas hubiesen sido distintas, quizás hoy no estarían cerca nuestro o, quizás, sí. Es con esa mezcla de amor, nostalgia y hasta angustia con la que entramos a la sala y vemos a los actores, ya presentes en el espacio escénico, juntos, con ella recostada sobre las piernas de él. Antes de que la historia comience, el vínculo ya está ahí.

Constelaciones, del dramaturgo británico Nick Payne, en adaptación de Jerónimo Dodds y dirección de Gonzalo Ortiz, sigue el encuentro casual entre Ana, una física cuántica, y Rodrigo, un apicultor, cuyas vidas comienzan a entrelazarse en un universo, o en muchos. A través de una estructura de repeticiones y variaciones, las escenas regresan una y otra vez, con pequeñas variaciones en las decisiones o en las reacciones que abren caminos diferentes.

Los cambios de luz, acompañados por un diseño sonoro preciso, dialogan con esa estructura de repeticiones y variaciones: breves apagones anuncian el regreso de una escena, mientras que una luz azul señala una secuencia que se reconstruye de atrás hacia adelante, revelando cada vez un fragmento anterior. En el centro del espacio escénico, un círculo blanco delimita el lugar donde transcurre la acción y, a su alrededor, distintos cubos sostienen la utilería que los propios actores toman y vuelven a dejar en cada transición, como si la escena se construyera y reorganizase frente a los ojos del espectador, al mismo tiempo que las distintas posibilidades de la historia se despliegan una tras otra.

Esta obra encuentra en las actuaciones de Jazmín Teisaire y Máximo Meyer el corazón de una puesta tan íntima como conmovedora. Ambos sostienen con enorme sensibilidad una estructura dramática compleja, sin que ninguna escena parezca una simple reiteración de la anterior. Con mínimos cambios de tono, ritmo o silencios, consiguen que cada versión adquiera un significado distinto y revele un nuevo aspecto del vínculo entre los personajes. La química que construyen se percibe honesta y cercana, y es justamente ese vínculo, junto con la intimidad de la puesta, el que envuelve la obra en una belleza tan tierna como profundamente conmovedora.

A medida que avanza la obra, tanto los personajes como los espectadores se preguntan por el rol, si es que existe, de las decisiones, por aquello que podría haber sido distinto y por el carácter efímero de la vida y los vínculos. La física cuántica funciona como una puerta de entrada a estas preguntas, pero no se quedan únicamente en un plano teórico ni esquivan el dolor, sino que, entre momentos de risa, emoción, tristeza y ternura, las reflexionamos al mismo tiempo que les suceden a Ana y Rodrigo.

Constelaciones deja al espectador con una sensación difícil de nombrar. Por un lado, asoma el vértigo de pensar que aquello que más queremos podría no haber sucedido nunca; por otro, aparece una inesperada gratitud por lo que sí nos tocó vivir y por las personas que forman parte de nuestra vida. La obra no intenta resolver esa tensión. La abraza, y en esa convivencia entre nostalgia, belleza y fragilidad encuentra una emoción que permanece mucho después de salir de la sala.