22/05/2026
images
“Un ritual de paso” se presenta como una pieza de una inteligencia escénica tan aguda como profundamente sensible. Desde su concepción, la obra se inscribe en el terreno de lo metateatral: no solo se representa a sí misma, sino que expone y problematiza sus propios mecanismos de construcción.

“Un ritual de paso” se presenta como una pieza de una inteligencia escénica tan aguda como profundamente sensible. Desde su concepción, la obra se inscribe en el terreno de lo metateatral: no solo se representa a sí misma, sino que expone y problematiza sus propios mecanismos de construcción. El escenario deviene laboratorio, confesionario y campo de pruebas, donde los límites entre ficción y realidad se tensan de manera constante y productiva.


En ese mismo gesto, la obra se afirma también como un biodrama que despliega, con notable sutileza, dos experiencias biográficas atravesadas por una dimensión traumática que las emparenta. Por un lado, el relato de un episodio de la adolescencia irrumpe como una herida persistente, trabajado desde la elipsis y la sugestión; por otro, el propio proceso de escritura de un biodrama aparece igualmente tensionado, expuesto como un recorrido conflictivo, hecho de dudas, desbordes y zonas de resistencia. Así, la obra establece una resonancia entre ambos planos: tanto la vivencia pasada como su elaboración dramatúrgica se revelan como experiencias que implican atravesar, reconfigurar y poner en forma aquello que, en su origen, desestabiliza.


Desde ahí, la obra se anima a poner en escena una discusión tan actual como incómoda: el lugar de la inteligencia artificial en los procesos creativos. Lejos de bajar línea, lo que hace es abrir preguntas sobre la autoría, la autenticidad y esa posible desmaterialización de la experiencia artística. En ese marco, vale destacar cómo el vestuario y la escenografía —resueltos con una precisión notable, pese al evidente bajo presupuesto— acompañan y potencian esta búsqueda: lejos de lo accesorio, se integran de manera orgánica al dispositivo, aportando capas de sentido sin recargar la escena y reforzando, además, una reivindicación contundente del trabajo creativo en su dimensión más esencial: el cuerpo, entendido como archivo, territorio político, herramienta expresiva y lenguaje.
Y es justamente en esa tensión —entre lo corporal y lo artificial, entre la presencia y su posible reemplazo— donde la obra encuentra una de sus capas más interesantes. Lo que se venía construyendo desde el trabajo con el cuerpo termina dialogando de forma directa con ese interrogante sobre la IA: no como una oposición cerrada, sino como una fricción productiva. En ese cruce, “Un ritual de paso” no busca resolver nada del todo, pero sí deja flotando una certeza: que hay algo en la experiencia encarnada, en ese estar ahí del cuerpo, que todavía resiste cualquier intento de traducción o sustitución.