22/05/2026
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El desempeño actoral de este equipo —compuesto por Carolina Erlich, Evelyn Herberg, Luciana Maquez, Pilar Rodriguez Rey y Floriana Tortone Silva— es preciso. La dinámica expuesta en escena introduce comicidad sin diluir la tensión, marca absurdez sin abandonarse al ridículo y sostiene con coherencia la atmósfera de lo inverosímil.

Autofagia: entiéndase como un sistema natural de reciclaje y limpieza celular del cuerpo; las células descomponen sus componentes —viejos, dañados, innecesarios— para sostener su funcionamiento; mecanismo último para sobrevivir. Sobrevivir: vivir con escasos medios; persistir en condiciones adversas —aún a costa de la propia integridad. Sobrevivir por autofagia: modo de subsistencia que implica volverse sobre sí, consumir lo propio ante la falta de lo otro; dícese también de aquello que aparece para evitar comerse a un hipopótamo. Comerse a un hipopótamo: consiste una imagen imposible, cargada de exceso e inminente violencia ¿una metáfora de lo inabarcable? ¿una experiencia de desborde? No. Un colapso en alguna parte de algún lado del encarnizado plexo social que nos contiene.


“Comerse a un hipopótamo” de Víctor Chacón es una obra de teatro independiente que, durante casi una hora, invita al público a aperturar un futuro alterno, distópico, donde los impositivos sociales han transmutado en una ley jurídica que a la vez blinda y esconde un profundo problema: la escasez de comida. Beatriz es una empleada del gobierno que cumple la función de investigar los casos de autofagia que han aparecido en la ciudad desde la implementación de la ley que prohíbe cualquier consumo de carne animal. Es así como llega a un hotel muy venido menos, presta a documentar la historia de dos hermanas -inquilinas del hotel- quienes ahora conviven con la particular recepcionista del lugar…y un hipopótamo.
Es complejo concebir una reseña convencional ante la inconvencionalidad de este texto espectacular. Por ello comprendo oportuno partir de una precisión: está construida a partir de fragmentos de escenas que dejan entrever, tras el velo de su rareza, una reflexión maltrecha. La economía de narración es precisa: oculta, despelleja, denuncia. Extraña el acontecimiento y desarma las convenciones extra-escénicas para instaurar un costumbrismo de lo marginal en los detalles. Convierte lo fantástico en cotidiano, lo inverosímil en obviedad y, en el proceso, delata. Delata en su letra, en las interacciones entre los personajes —en sus silencios, sus miradas suspendidas—, en el uso constante del motivo musical (compuesto por Beto Bit), y en la insistencia de una única cuestión: por qué la autofagia.


Ahí radica la belleza inaudita de la obra: en el uso de la repetición como motor narrativo. “Mariana, ¿por qué te estás comiendo a ti misma?”. A partir de dicha insólita pregunta es que el universo se despliega y la narración de desdobla para sostener dos tensiones: por qué hay un hipopótamo en el hotel y por qué —aún escaseando la comida y haciendo caso omiso de la ley— no se lo van a comer.


El desempeño actoral de este equipo —compuesto por Carolina Erlich, Evelyn Herberg, Luciana Maquez, Pilar Rodriguez Rey y Floriana Tortone Silva— es preciso. La dinámica expuesta en escena introduce comicidad sin diluir la tensión, marca absurdez sin abandonarse al ridículo y sostiene con coherencia la atmósfera de lo inverosímil. Beatriz se ve obligada a abandonar el libreto estatal y admitir la falla estructural del sistema al sospechar que Mariana prefiere recurrir al autocanibalismo frente a la falta de alimento. Mientras tanto, su hermana y la recepcionista parecieran acechar constantemente la escena, desentendidas de la gravedad del asunto, inmersas en la miseria y la brujez del hotel.
En el patio el hipopótamo, gordo y fofo; un posible remedio que encierra, en realidad, el núcleo del problema. Mariana dice que se niega a comerlo no por la ley, sino por convicción: es parte de la familia. La recepcionista y su hermana coinciden. ¿Por qué habrían de comerse a un pobre animal inocente? Bajo esa lógica, resulta ser más congruente devorar a los culpables que a los inocentes, aunque estos últimos posean mucha más carne. En escena, los cortes de iluminación marcan la hora y el descenso al mayor deterioro: el cuerpo de Mariana se fragmenta, la historia de las hermanas se deforma a medida que Beatriz investiga y la recepcionista se encarga de retenerla. Y el hipopótamo —real, carnívoro— permanece.


La construcción escenográfica (Lucía Otaño) potencia este universo. El estilo retrofuturista genera una nostalgia inquietante que dialoga con el vestuario (Kitty Di Bártolo) y el maquillaje (Mariana Martínez). El resultado es un entorno visual tan acogedor como incómodo. En combinación con la intimidad del Espacio Polonia, la experiencia se vuelve física: la tensión no solo se observa, se percibe.
En ese pliegue entre lo íntimo y lo social, la obra no ofrece respuestas sino una incomodidad persistente: la certeza de que, frente a ciertos órdenes, la supervivencia deja de ser una cuestión biológica para devenir un problema ético. “Comerse a un hipopótamo” no trata entonces sobre la escasez, sino sobre las formas en que se la tramita; sobre qué cuerpos se vuelven comestibles y cuáles permanecen intocables. Allí, donde la ley fracasa y la lógica se invierte, la autofagia deja de ser un mecanismo celular para convertirse en síntoma: no de lo imposible, sino de una decisión. Y es en esa decisión —tan absurda como coherente— donde la obra encuentra su filo más inquietante: el momento exacto en que sobrevivir implica, necesariamente, empezar a desaparecer.
Finalmente, me permito cerrar esta reseña con un intento de reconstrucción de un breve fragmento que —con una potencia a la vez poética y brutal— revolvió las tripas y la intriga a los presentes:


“BEATRIZ (a Mariana en voz de locutora): ¿Mariana, por qué te estás comiendo a ti misma? ¿Por qué comes carne si sabes que está prohibido por ley?
MARIANA (al aire, con la mirada en blanco y un pie amputado): Un asado…
BEATRIZ (irónica y consternada): Pero ¡cómo un asado! Si comer carne está prohibido. Cómo alguien va a estar haciendo un asado si no hay carne.
HERMANA DE MARIANA: No, contale bien para que pueda entender (Mariana calla. Ella continúa y le responde a Beatriz) Era un crematorio. Nos llegó el humo con olor a carne quemada…creo que estaban cremando a mamá.”

“Comerse a un hipopótamo” de Víctor Chacón en Espacio Polonia todos los viernes del mes a las 22:30 hs.