ser

(Ser) James arranca de una idea filosa: que para llegar a ser hay que, antes, animarse a partirse. No es una metáfora cómoda ni una consigna de autoayuda —es más bien una operación quirúrgica sobre la propia identidad, algo que la protagonista de esta historia entendió literalmente mucho antes que nosotros lo transformáramos en figura retórica.


Belén Pasqualini encabeza este unipersonal musical que dirige junto a Juan Francisco Dasso y Julieta Desmarás —también autores, junto a ella, del texto— en Dumont 4040, y lo hace cargando sola con una historia doble: la de Margaret Bulkley, que se convirtió en James Barry para poder ejercer la medicina en el ejército británico del siglo XIX. Ahí está el primer acierto de la puesta: no cuenta una biografía extraordinaria desde afuera, la habita desde adentro, con un solo cuerpo obligado a ser dos.
Y ese cuerpo rinde. Pasqualini despliega una cantidad de recursos —vocales, físicos, de matiz actoral— que por momentos impresiona por lo generosa: hay una habilidad ahí que raya la humillación para cualquiera que se anime a compararse. Todo en la puesta está resuelto con una precisión que no chirría en ningún punto, y hay una escena en particular que condensa el proyecto entero: un baile con un vestido que trae ecos de Frankenstein —la criatura cosida, la identidad ensamblada a partir de partes que no deberían convivir en un mismo cuerpo y que sin embargo conviven—. Ahí la obra dice, sin decirlo del todo, lo que después una línea vuelve explícito: “partirse para convertirse en dos, eso puede una mujer”. Pocas frases resumen mejor el gesto completo de la pieza.


Hay, sin embargo, algo que no termina de cerrarme, y prefiero no atribuírselo al teatro musical broadwayano como género —sería injusto, y probablemente impreciso— sino a una decisión de esta puesta en particular: todo está tan milimétricamente diseñado, la canción narradora, el micrófono, la música de estudio tan prolijamente curada, que deja poco resquicio para una grieta por donde algo de lo que veía pudiera herirme de un modo propio, en lugar de recibirlo ya resuelto. No es un defecto en sí mismo —hay públicos a los que ese cierre total, sin fisuras, les sienta perfecto, y no hay nada de malo en eso—. Pero a mí, frente a una historia tan porosa y tan a contramano, me hubiera gustado esa grieta.


Queda, igual, una certeza: (Ser) James no le teme a la ambición. Elige un cuerpo, lo parte en dos, y le pide que sea suficiente para sostener un siglo entero de deseo contrariado. Y lo consigue.

Ficha técnica de la obra