Somos hacedores de teatro
Antes de que se apaguen del todo las luces de la sala Cortázar, ya empezó la función: nos entregan un papel, una voz en off pide apagar los celulares y, en lugar de la habitual advertencia de cortesía, invita a plegar ese papel como un avioncito. Es el primer gesto de Volar Roto, dirigida por Leonardo Reale, y también su declaración de principios: acá el espectador no mira desde afuera, arma parte de la puesta con las manos.
La primera escena, con ecos deliberados de El Principito, deja la impresión de que asistiremos a algo pequeño, casi en miniatura. Es una trampa: la pieza es circular, empieza como termina y solo cierra su sentido, y se resignifica, en la vuelta final. Algo parecido pasa con el sonido: lo que llega desde fuera de escena resulta excesivo, tanto en volumen como en cantidad, y contrasta fuerte con las voces y los ruidos que suceden arriba del escenario.
A partir de ahí, Volar Roto deja de ser solo una historia sobre un bailarín para volverse una historia narrada de y desde la danza: hay un cambio de lenguaje corporal notorio entre las primeras coreografías y las últimas, una resignificación de lo que se repite, la marca de un autor que piensa en movimiento y se explica en movimiento antes que en palabra. La frase que funciona como bisagra y como tesis lo dice de manera directa: “La danza no es entretenimiento. La danza es muy importante. La danza sin contenido no me interesa.” Que una espectadora que no bailó nada más complejo que un vals en un 15 hace medio siglo se sienta conmovida por esa historia no habla de comprensión sino de la potencia poética del lenguaje en que está contada. Y quién no disfruta, al final, de un cuento bien contado.
Sostener ese equilibrio entre lenguaje corporal y relato no es poco, y ahí aparece el mérito puntual de Sebastián Pajoni, capaz de sostener un estreno con la solidez de quien lleva años en cartel, sin la vacilación propia de una obra recién nacida.
Volar Roto se despliega en el circuito de La Plaza, ahí donde entramos armando un avioncito y salimos viendolo volar hacia el escenario. Como el Principito que cae de las estrellas para volver a ellas, la pieza empieza y termina en el mismo gesto: soñar en papel, y soltarlo.
Ficha técnica de la obra