¿Qué hacemos mientras esperamos? La pregunta parece trivial hasta que se la deja actuar sobre un escenario reducido a lo mínimo, con un tapete que traza los límites de todo lo que va a pasar y cuatro personajes cuya única tarea es aguardar que algo —una puerta, una sesión, un desenlace— finalmente ocurra. Ese aguardar sin objeto es el motor de Es tan largo el adiós. Sesión en espera, escrita por Ana Rodríguez Arana y codirigida junto a Pablo Bossi, quien además integra el elenco, en cartel en Ítaca Complejo Teatral.
La sala de espera de un consultorio psicoanalítico funciona como umbral en el que la sesión nunca termina de empezar. Ahí la pieza cita, a través de las palabras de Élisabeth Roudinesco, aquel gesto de Lacan de aflojar la duración pautada del encuentro con sus pacientes, y deja que esa idea contamine la dramaturgia entera: el tiempo se estira hasta un lugar incierto. Sobre esa incertidumbre trabaja una escenografía y una coreografía de una simpleza notable, que no resigna belleza aunque trabaje con lo mínimo: el espacio se vuelve dispositivo de escucha antes que decorado.
Lo más arriesgado es hacia dónde deriva esa espera lacaniana. La obra no problematiza de manera directa las desapariciones forzadas ni la memoria histórica argentina, pero deja que esa referencia resuene por asociación con ese mismo dispositivo entendido como forma de elaboración (inspirado, tal vez, en las investigaciones de D. Mauas). Junto al diálogo explícito con Un cuarto propio de Woolf y con Alicia en el país de las maravillas, aparece Casa tomada de Cortázar, que funciona como imagen posible de esa isla del delta que la puesta convierte en figura de la tensión entre lo individual y lo comunitario: un territorio que se va cediendo, cuarto por cuarto, hasta que ya no se sabe qué queda de lo propio y qué es de todos. Ahí mismo aparece, sugerida más que explicada, la idea de que hay huellas que el cuerpo guarda y reordena, un trabajo simbólico tan silencioso como el de un río tallando su cauce.
Hay una canción, bella y conmovedora, que Marina Carrera incorpora con gran maestría y naturalidad: no ilustra lo que se dice, lo desborda. Y hay frases que quedan flotando —”poner en palabras”, “la imaginación en la memoria”, “palabras para el dolor de la ausencia”— como pequeños anclajes verbales a los que el espectador puede volver cuando el texto se vuelve esquivo.
Lo más productivo de la pieza es lo que deja pensar por contraste. Donde otras consignas hablan de “lo colectivo” como dato adquirido, la obra distingue entre colectivo y comunidad: no es lo mismo ir amontonados —como en el bondi, en hora pico, sin saber ni querer saber a quién tenemos al lado, y trata de no rozarme que me da asquito— que estar dispuestos a mirar quién está efectivamente con nosotros y preguntarse cómo agenciarnos entre los que estamos. La sala de espera ensaya así una dinámica terapéutica que el lacanianismo parece anhelar: no una consigna política de lo colectivo, sino una elaboración comunitaria, más modesta y más exigente, que empieza por animarse a mirar al que tenemos al lado.
Se sale de la función sin una respuesta cerrada sobre el duelo, la memoria o la espera —y está bien que así sea—, pero con una pregunta instalada: si somos capaces de convertir la mera proximidad en otra cosa. Ese, más que el consultorio o la puerta que no se abre, es el verdadero dispositivo de Es tan largo el adiós.
Ficha técnica de la obra