17/04/2026
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Si hablamos de Sarmiento para la generación X y anteriores tiene la cara de Enrique Muiño. Teniendo esto en cuenta el desafío de Juan Leyrado es doble al aventurarse a encarnar al “maestro inmortal”. La caracterización es impecable, al igual que el vestuario, tanto que en estos tiempos que corren podría estar tranquilamente generado por IA.

Si hablamos de Sarmiento para la generación X y anteriores tiene la cara de Enrique Muiño. Teniendo esto en cuenta el desafío de Juan Leyrado es doble al aventurarse a encarnar al “maestro inmortal”.


La caracterización es impecable, al igual que el vestuario, tanto que en estos tiempos que corren podría estar tranquilamente generado por IA.


La obra comienza con un Sarmiento llegando del mal allá, casi como un viajero en el tiempo consiente que pasaron casi 140 años de su desaparición física y se prepara para dar una clase maestra, convocado por algún grupo no identificado capaz de manejar esa tecnología.


El monologo comienza perfilado al humor con la irónica protesta del gran maestro haciendo un recuento de las cosas que llevan su nombre, algunas absurdas comparada con sus ideales.


Paradójicamente este Sarmiento se queja del ruido de la gran ciudad, tildándolo casi de insoportable, mientras que el verdadero era sordo como una tapia. Esto es el primer indicio que el texto no es de rigor biográfico sino una alegoría.
Entonces suena un celular con el himno en honor a él y aparece en escena una asistente. A partir de ahí el texto se vuelve inconsistente y sin un rumbo fijo. Mezcla de justificación de sus actos en vida y reproche socio político a la era moderna y sus políticas educativas.


La interacción con la joven no tiene fundamento más que ser la excusa para saltar de un tema a otro que hacen que el prócer por momentos sea demonizado y por momentos humanizado.
En algunos pasajes puntuales asoma la ira que sería, según relatos históricos, parte de la personalidad cotidiana del maestro, que se entremezcla con diálogos absurdos.


La escenografía minimalista acompaña sobriamente y enmarca a este personaje histórico, al igual que la iluminación certera.
La obra termina como empieza, con una figura en sombras, dejando la sensación que el actor lo dio todo pero la dramaturgia no lo acompaño en nada. Eso sí, seguramente para estas generaciones, en un futuro, Sarmiento tenga merecidamente la cara de Leyrado.