17/04/2026
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Ahoradespués es una pieza necesaria para entender que el duelo no es un proceso lineal, sino un estado de suspensión. Es una obra que huele a roble y a uva, que se siente como la masa tibia entre las manos y que nos recuerda que, aunque el tiempo intente devorarlo todo, el "ahora" es el único lugar donde podemos volver a encontrarnos. Una dramaturgia poética que se queda vibrando en el espectador mucho después de que se apague la última luz.

Ahoradespués: la memoria como un presente perpetuo.

Atravesar el umbral hacia el universo de “Ahoradespués” no es simplemente ingresar a una sala teatral; es aceptar una invitación sensorial que comienza, quizá, mucho antes de que se apague la luz de sala. El espectador es recibido por una sutil enredadera de la cual se desprende el programa de mano —un gesto orgánico que anticipa la fragilidad de lo que está por narrarse— y un persistente, casi embriagador, aroma a vino tinto que viene del bar.

Bajo la dirección precisa de Héctor Díaz y la pluma de Guido Zappacosta, la obra se despliega como un flujo de conciencia donde las categorías temporales se desintegran. El título, “Ahoradespués”, funciona como un manifiesto: aquí no hay pausas, ni límites, ni espacios estancos. Es el relato de Diego, un joven que habita el recuerdo del último día de vida de su padre. En este ejercicio de memoria, el pasado no es algo que ocurrió, sino algo que está ocurriendo, dialogando frontalmente con un presente que duele y un futuro que asoma con una urgencia inevitable.

Federico Ottone se erige como un narrador excepcional. Su interpretación habita esa zona liminal entre la realidad más cruda y un onirismo poético que flota sobre la escena. Con los textos en mano- que lejos de distanciar, aporta una capa de honestidad y vulnerabilidad—, Ottone reconstruye imágenes con una nitidez asombrosa. Su cuerpo y su voz son el vehículo para metáforas de una cotidianeidad desgarradora: un corazón que late al compás rítmico de un bollo de pizza (lo doméstico elevado a la categoría de rito), la sentencia de que “la planta, si no se riega, se muere”, recordándonos la manutención necesaria del afecto y el recuerdo, y la dualidad del duelo, ese tránsito de “soñar afuera y llorar por dentro”.

“Ahoradespués” es el retorno inevitable a “los viejos sitios donde se amó la vida”, un refugio donde la ternura es la única brújula posible ante la pérdida.

La dirección de Díaz logra que lo mínimo se vuelva inmenso. El uso del espacio invita a la intimidad, permitiendo que la historia respire en cada silencio. El dispositivo intermitente del teatro leído le otorga a Diego una cualidad de artesano de la palabra; no está simplemente actuando, está rescatando del olvido los fragmentos de un hombre y un vínculo.

Ahoradespués es una pieza necesaria para entender que el duelo no es un proceso lineal, sino un estado de suspensión. Es una obra que huele a roble y a uva, que se siente como la masa tibia entre las manos y que nos recuerda que, aunque el tiempo intente devorarlo todo, el “ahora” es el único lugar donde podemos volver a encontrarnos. Una dramaturgia poética que se queda vibrando en el espectador mucho después de que se apague la última luz.