27/04/2026
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La obra propone una dinámica diferente: la sala se divide en dos bandos históricamente enfrentados, Capuletos y Montescos. Cada espectador recibe un puñado de monedas, un recurso tan valioso como limitado que funciona como llave para acceder a los micromonólogos de los personajes. En ese instante, el espectador abandona su rol pasivo y decide qué secretos comprar y, por lo tanto, qué fragmentos de la verdad poseer.

La pieza se despliega como una constelación de escenas simultáneas. El espectador accede directamente a algunas de ellas, sumergiéndose en la intimidad del personaje elegido, mientras que otras las percibe “de costado”: una palabra robada al viento, un gesto vislumbrado por el rabillo del ojo o el eco de una conversación que tiene lugar en el extremo opuesto de la sala. Es en esa orilla, en lo no comprado, donde la imaginación empieza a moverse y amplía sus horizontes.

Como resultado, cada espectador construye su propia versión del relato. El hilo argumental único se ha roto en mil pedazos, y cada asistente se lleva los suyos para formar un mosaico único e intransferible. Esta puesta en escena permite reinterpretar en profundidad las estrategias narrativas de Shakespeare. Los enredos y las habladurías que movían sus tramas, esa información que nunca llegaba a destino o los rumores que deformaban la realidad, dejan de ser un mero recurso textual para convertirse en la estructura misma de la función. El espectador construye una versión de la historia, y esta queda inevitablemente marcada por los vacíos, por lo que no escuchó, por lo que imaginó.