27/04/2026
WhatsApp-Image-2026-02-26-at-18.40.10.jpeg
En “El Cardenal” no hay escenas; hay marcos. No hay historia lineal; hay fragmentos episódicos. No hay acto; hay un limbo. El Cardenal y sus Enanos no accionan -y quizá ni siquiera ‘existen’-, a duras penas se limitan a pulular en un espacio cíclico, surrealista, donde el tiempo y el sentido de suspenden en una angustiante ambigüedad estática. El Cardenal habla constantemente con los enanos como si fueran cuerpos a poseer, almas a dominar; una batahola de autoridad, desdén y castigo: una dictadura de lo irrisorio. Es precisamente este juego de dominación el que confunde al espectador e incomodan a la escena: cumplen su función.

Tres actores en escena, un escenario abstracto, una atmósfera de podredumbre. Ruidos que desgarran, silencios que contaminan, voces que irrumpen y una espera insulsa, estática, desesperante: delatora. En escena rondan las imágenes simbólicas: un trono, cúmulos de cartones, una horca; el preludio de un manifiesto caníbal, autofágico. El ridículo y lo grotesco se reactualizan en esta atónita puesta en escena de El Cardenal -del increíble Eduardo Tato Pavlovsky- dirigida por Carolina Pavlovsky y su entregado equipo. En esta fiesta convivial que toma lugar en El Camarín de las Musas, se nos invita a presenciar cómo el absurdo se extrapola de las tablas y reclama por estar más vigente que nunca.

“En una comarca de idiotas: un mesías cardenalicio, atrapado con dos enanos desahuciados, en un mundo cuyo fin se repite eternamente”. “El Cardenal” es un texto teatral del inolvidable maestro Pavlovsky. Lejos de narrar, este hace eco de sus personajes: un gobernante llamado El Cardenal y sus dos esbirros denominados Enano 1 y Enano 2. El primero es un tirano, una figura trastocada, un símbolo descarnado. El Cardenal es un ente representacional de la tensión latente entre la autoridad sádica y la decadencia del poder; y esto, Patricio Bettini lo comprende bien. Su enérgica representación y cuidada corporalidad construyen sobre las tablas un personaje ridículamente despreciable. La volatibilidad del Cardenal cae tempestuosa sobre su dupla de esbirros, Enano 1 y Enano 2. La relación entre ellos (Cardenal – Enanos) es compleja, incómoda de ver, imposible de comprender; por momentos sus hijos subordinados, por instantes cómplices, adoradores o víctimas. Entre ellos se mantiene sólo una constante: son sus ‘para nada’ iguales. Kevin Ezequiel Bettini y Simón Gonzalez Ferro construyen estos roles de forma concreta; dependen, resisten, imitan, añoran y cuestionan al Cardenal, su nocivo vínculo con su amo deja entrever la delirante y enrevesada relación entre los dominadores y los dominados.

En “El Cardenal” no hay escenas; hay marcos. No hay historia lineal; hay fragmentos episódicos. No hay acto; hay un limbo. El Cardenal y sus Enanos no accionan -y quizá ni siquiera ‘existen’-, a duras penas se limitan a pulular en un espacio cíclico, surrealista, donde el tiempo y el sentido de suspenden en una angustiante ambigüedad estática. El Cardenal habla constantemente con los enanos como si fueran cuerpos a poseer, almas a dominar; una batahola de autoridad, desdén y castigo: una dictadura de lo irrisorio. Es precisamente este juego de dominación el que confunde al espectador e incomodan a la escena: cumplen su función.

A través del parlamento, en el escenario van desfilando conceptos amplios; identidad, nutrición, filosofía y una apología indigna al poder. Los discursos codificados del Cardenal poseen un tono pedagógico, autoritario y demencial; el control que este ejerce mediante la imposición de ideas y la manipulación de sermones dejan ver entre líneas y gestos la muerte de la metáfora misma: el absurdo es ahora, la realidad es un grotesco.

El teatro de Tato Pablovsky es una pieza no realista que coquetea con el teatro de lo absurdo y se acuesta con la dramaturgia simbólica. Producto de ello, el lenguaje es fundamentalmente un instrumento, una vía, un medio que olvida por completo la mímesis directa de la realidad. Hacerle justicia a ello no es menester sencillo; y el esfuerzo de este equipo es inmenso. Llevar a escena el texto dramático de “El Cardenal” requiere de audacia y solvencia técnica (ampliamente expresada por el equipo de Carolina Pavlovsky, Francina Adeff Víctor Chacón, Manuel Badano y Adeff Francina), ímpetu actoral y un público preparado -porque, qué es el teatro sin su espectador: absolutamente nada.