En “El Cardenal” no hay escenas; hay marcos. No hay historia lineal; hay fragmentos episódicos. No hay acto; hay un limbo. El Cardenal y sus Enanos no accionan -y quizá ni siquiera ‘existen’-, a duras penas se limitan a pulular en un espacio cíclico, surrealista, donde el tiempo y el sentido de suspenden en una angustiante ambigüedad estática. El Cardenal habla constantemente con los enanos como si fueran cuerpos a poseer, almas a dominar; una batahola de autoridad, desdén y castigo: una dictadura de lo irrisorio. Es precisamente este juego de dominación el que confunde al espectador e incomodan a la escena: cumplen su función.
