27/04/2026
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“Pasión: una tragedia argentina” demuestra constantemente que las pasiones no conocen de tiempos ni de lugares. Que a veces se eclipsan brevemente las unas a las otras, y con ello, permiten que afloren otros fragmentos de nosotros que merecen también ser tratados con terneza.

Las tragedias tienen la hermosa y terrible particularidad de ser universales aún en su individualidad. Señalan, inhiben, cautivan y exhortan a extrapolar las partes de sí mismas que habitan en nosotros para hacernos descubrir dónde termina el mito y dónde empezamos nosotros. Estrenada en el marco de la temporada 2025 del CTBA en el Teatro San Martín -y actualmente volviendo a sus raíces en el circuito independiente en el espacio de Timbre 4- “Pasión: una tragedia argentina”, del colectivo escénico Los Pipis Teatro, invita a adentrarnos en una obra que oscila en ese linde potente entre lo íntimo y lo político. En forma de una memoria familiar con tintes de cuento popular, nos interroga directamente: ¿acaso la propia naturaleza de las pasiones humanas puede permitirse seguir existiendo en un país atravesado por la incertidumbre.

En medio de una ruta que dícese lleva a algún pueblo, un chico montado en un camión repartidor de soda recoge a un hombre varado en el camino. El hombre es también un hijo, un hijo que vuelve al hogar a reencontrarse con su madre, tras escapar de las filas de su batallón de guerra. En el mismo escenario, un padre. Estancado en el medio de sus pensamientos, la negación de su esposa a abandonar la casa, el mundo al otro lado de las puertas de su hogar que se hace trizas y el arrepentimiento por no haber podido conocerlo antes de lo inevitable. Sobre las tablas también hay dos jóvenes. Uno es el hijo pródigo que ha vuelto, el otro es más un hijo del corazón -y un sodero. Ambos son también lo que comparten: un recuerdo distante de una noche de amor, de amor trágico. Todos ellos son presenciados a su vez por una joven de presencia espectral. No tiene relación con la familia, es más bien una infiltrada, una testigo de esa intimidad que todas las familias se encargan por preservar. Fiel a su estilo, la dramaturgia de Federico Lehmann se construye sobre una peana laberíntica, fragmentaria: las escenas se estrellan contra los relatos aparentemente inconexos. En su transcurso, el espectador las va entrelazando para revelar un entramado emocional común: la pasión que coexiste en sus múltiples formas.

Mientras el hijo-soldado (Federico Lehmann) carga encima con el ataúd de una traición no confesa que lo carcome, atraviesa los instantes en el hogar como quien ve un rollo de fotografías sin revelar. Ansioso, por fuerza de sí, intentando focalizar la miniatura como buscando respuestas, ignorando que estas lo persiguen a él y muy de cerca: su madre, Argentina (Matilde Campilongo), que ha vivido esperando su regreso, alimentando el alma de sus recuerdos, va a enterarse por qué su hijo marchó y para qué ha vuelto. En el medio, el padre (Luis Longhi) presencia la reunión de madre e hijo y decide que, si aquel reencuentro no ha sido suficiente como para devolverle su encanto al mundo, entonces hay que recurrir a crear un mundo nuevo; se niega a permanecer inconmovible. Decide volcar este instinto en el cine haciendo una película. ¿Sobre qué? Es irrelevante. Sólo importa sostener que, cuando todo falla, la pasión por el arte parece ser siempre la última trinchera, esa que jamás se debe perder.

El hijo-soldado, aunque ahora sólo siente culpa, en algún momento también supo sentir amor; pero, como el resto de sus decisiones, resultó ser un amor llamado errado. El sodero (Matías Milanese) reconoce en él al joven amigo con quien muchas noches de verano atrás se atrevió a experimentar la pasión del romance -un romance aún muy vigente, como un secreto que lucha por materializarse. Entre risas, confesiones dolorosas y una atmósfera colmada de nostalgia, el hijo deja de ser soldado y se olvida por un instante de que tiene padres para transformarse en un hombre que se permitió ser amado, amado por otro hombre. Y ya se sabe bien que el amor es, muy en el fondo, un sacrificio más.

“Pasión: una tragedia argentina” demuestra constantemente que las pasiones no conocen de tiempos ni de lugares. Que a veces se eclipsan brevemente las unas a las otras, y con ello, permiten que afloren otros fragmentos de nosotros que merecen también ser tratados con terneza.

Las actuaciones desplegadas en escena son más que logradas: son cercanas, palpables. Acompañadas por la composición y música en vivo de Stevie Marinaro transforman el escenario en un retablo de emotividades, todas aconteciendo al mismo tiempo. El elenco de Los Pipis trabaja de forma afilada, con un ritmo único y espectacular sosteniendo una poética de hibridación certera. Hacen convivir la actuación, la música, el humor corporal, un texto complejo y los encastran en un lirismo melancólico delirante. “Pasión: una tragedia argentina” ofrece un vistazo desnudo del complejo universo que existe en la intimidad. Su resultado es un teatro realmente emotivo, con presta ironía, que desata risas, indignación, ternura y -sobre todo- provoca una profunda identificación. La escena casi que se siente como una dramática continuación del afuera: una extensión de las contradicciones de la experiencia argentina contemporánea.

Las constelaciones de escenas abarcan lo histórico en lo doméstico reflejándose mutuamente. La familia se vuelve una metáfora del país: los vínculos atravesador por amor, traición y nostalgia dialogan con una sensación colectiva de desencanto y pesadumbre. Así, la fatalidad de la “tragedia argentina” se resemantiza, vuelve en una forma contemporánea de fatalidad afectiva, donde la pasión -amorosa, artística, familiar, política- se convierte en el último refugio frente a un mundo que se nos cae encima cada vez un poco más. Y quizá, en medio de un país atravesado por la incertidumbre, lo único que puede seguir ratificando que nuestra existencia siga valiendo la pena son las tragedias.