27/04/2026
114x85,25cm
El elenco asume este desafío coral con solvencia, logran construir un entramado de presencias que no acaban por diluirse en la multitud. Los actores, con un afinado trabajo y sincronía, se reciclan, reconfiguran y transforman para encarnar -en su mayoría- a más de un solo personaje.

El teatro, siempre hermoso, nos invita constantemente a trascender -la trama, el convivo, las tablas, el telón, la vida. A desplegar las aristas múltiples del sentido y encontrar en cada historia particular la pregunta sobre algún universal del ‘ser’ humano. En la segunda temporada de esta ambiciosa adaptación de “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, llevada a cabo por Luis Belenda, esa incógnita es clara: ¿hacia dónde se dirige realmente la humanidad?

“La máquina del tiempo” nos sumerge en la historia del Dr. Wells. Científico brillante para algunos, inventor fantasioso para otros; pero, para el espectador es el guía en un turbulento viaje “a ese principio que es también el fin”. En la sala de su casa, una nevada noche de invierno del 31 de diciembre justo en las vísperas del nuevo siglo, el Dr. Wells comparte su estudio cúlmine con sus colegas: la posibilidad de viajar en el tiempo. En esta velada íntima comienza a desplegarse un dispositivo escénico que no sólo narra una travesía, sino que la encarna. Uno de los mayores aciertos del montaje es comprender al viaje temporal no como mero traslado narrativo, sino como una mutación material del espacio y de los cuerpos.

La dirección general de Luis Belenda apuesta por un dispositivo escénico de transformación constante: la sala victoriana se desarma y recompone ante los ojos del espectador en un paisaje futurista, caverna subterránea y hasta ruina simbólica de una civilización agotada. En dicha ecuación el diseño de escenografía e iluminación son claves, ya que colaboran a demarcar los distintos estratos temporales: la calidez del presente contrasta con los tonos fríos y sombríos del porvenir ratificando un recurso dramático clave que afirma la inminente pérdida de nuestra humanidad.

“La máquina del tiempo” no se limita a ilustrar la distopía planteada por el autor, sino que la reactualiza en una lectura profundamente contemporánea. El futuro al que arriba Wells se transforma entonces no en una fantasía, sino que es presentado como la consecuencia lógica e inevitable de nuestros propios mecanismos sociales. Los Eloi, frágiles y hedonistas, se desplazan con una liviandad coreográfica, bajo luces tenues y colores pastel; los Morlocks, en cambio irrumpen con una corporalidad cruda cuasi animal plagada de colores opacos y rojos dominantes, su entrada es sostenida por una coreografía de acción precisa que intensifica la tensión dramática. La contraposición no es tan sólo estética, es política y crudamente pesimista: algún día todo lo que la humanidad dejó tras de sí será olvidado por culpa de su propia vanidad y desconexión.

El elenco asume este desafío coral con solvencia, logran construir un entramado de presencias que no acaban por diluirse en la multitud. Los actores, con un afinado trabajo y sincronía, se reciclan, reconfiguran y transforman para encarnar -en su mayoría- a más de un solo personaje. A la par, el trabajo físico expuesto en la dirección coreográfica logra dialogar acertadamente con el diseño sonoro y la banda musical original. Esta no opera como simple acompañamiento, sino que pretende ser comentario dramático que acentúa las transiciones temporales y la profundidad dramática.

La propuesta de Belenda y compañía es intrínsecamente ambiciosa. Llevar la ciencia ficción a las tablas es una apuesta que este equipo emprende honrando el espíritu del teatro independiente en su tensión constitutiva: expandirse hacia lo épico sin perder la intimidad reflexiva. “La máquina del tiempo” busca sorprender y deja ver un horizonte fértil de posibilidades; se percibe como una obra en pleno crecimiento, con capas aún susceptibles y prestas a mayor ajuste y profundidad. No obstante, su dirección conceptual es clara y consistente: el camino emprendido es consciente de aquello que quiere interrogar. Es en ese cruce entre espectáculo y reflexión, entre el artificio y la pregunta, que la obra encuentra su potencia más perdurable.