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La aritmética del sentimiento

El ingreso a la sala ya se presenta como un umbral psicofísico. Descender cada escalón hacia el espacio teatral funciona como una metáfora material del descenso hacia el inconsciente. Se puede pensar como un viaje hacia las profundidades de la psiquis que, al finalizar la función, obligará al espectador a desandar el camino, subiendo los escalones de regreso a una realidad inevitablemente modificada. En “Querencio”, la dramaturgia y la dirección de Alejandro Sly —acompañadas por las actuaciones de Lucia Barrionuevo, Matt Sunday y Elsa Juri— construyen un ensayo poético sobre la rigidez de la mente frente a la inmensidad del afecto.

Querencio (cuyo nombre, escrito con Q o con C, nos recuerda que “los nombres (no) son caprichos”) es un contador atrapado en la prisión de lo cuantitativo. Su profesión ha colonizado su existencia: para él, la vida es un balance contable y el amor, una ecuación matemática que necesita desesperadamente resolver. En su obsesión, el protagonista repite sin respiro un letánico “me quiere, no me quiere”, intentando mensurar el universo. Cuenta los pétalos de las margaritas, las espinas de las rosas, tréboles de la suerte y estrellas infinitas. Sin embargo, en el desierto numérico que ha construido, la frustración por los resultados negativos lo ahoga en una fría lógica de sumas y restas.

El punto de quiebre dramático ocurre cuando el inconsciente emerge personificado en una Fabricante de Sueños y su Nieta. Ambas actúan como arquitectas de lo invisible, mediadoras lúdicas que irrumpen en la estructura rígida de Querencio para recordarle que la existencia escapa al cálculo. “El vino no se cuenta: se vive”, sentencia con sabiduría la Fabricante de Sueños, en una línea que sintetiza el núcleo filosófico de la pieza.

Desde el diseño de puesta, la obra establece un contraste formal impecable a través de la luz y el vestuario. El espectador asiste a la colisión de dos dimensiones: la monocromática y cuadrada cotidianeidad del protagonista frente a la explosión cromática del territorio onírico, donde el absurdo y el surrealismo habilitan lo imposible.

La dramaturgia de Sly se revela exquisita, una partitura de poesía aguda e inteligente que se apoya en el doble sentido y los juegos de palabras con una precisión rítmica notable. Esta musicalidad textual dialoga a la perfección con el universo sonoro creado por Francisco Mauas. La música original evoca el espíritu del vals de Amélie —con ese extrañamiento entrañable de los personajes que habitan su propio mundo— mixturado con acordes que remiten a las atmósferas fantásticas de los cuentos de hadas.

“Querencio” apela a la ternura y al rescate del espíritu poético de la niñez antes de que la domesticación del mundo adulto lo clausure por completo. En su deriva surrealista, donde los fantasmas reclaman y los ábacos cobran vida, la obra arroja una pregunta incómoda: ¿Y si no nos quieren porque somos nosotros mismos los que no nos queremos?

Al final, el despertar es una reconciliación con la vulnerabilidad. Romper la armadura de la razón es la única vía para comprender que el amor no se calcula, se entrega. Es en ese instante de madurez afectiva donde la obra se conecta con la sensibilidad popular, recordándonos que el centro de la existencia no está en los números, sino en la entrega absoluta hacia el otro. Porque al final del día, desarmada la lógica, la única certeza que permanece es la de ese pulso que nos ata al ser amado. Al centro del corazón. Al “Te quiero, como la tierra al sol”…