Pequeño William
Jugar antes de la tragedia
¿Qué hubo antes de que una historia tomara forma? Antes de convertirse en texto, cuando todavía era apenas una idea?. Pequeño William parte de esa inquietud para construir una versión libre y lúdica del universo de Hamlet, desplazando el foco desde la tragedia shakespeariana hacia el acto mismo de imaginarla casi en conjunto.
La propuesta se desarrolla como una metateatralidad en constante movimiento. En una plaza de pueblo, un juglar y un niño, (el pequeño William) juegan a inventar, narrar y representar una historia que todavía está tomando forma. Desde ese punto de partida, a obra encuentra uno de sus puntos más interesantes: convertir al espectador en cómplice de la creación, invitándolo a transitar un territorio donde el juego y la ficción se construyen ante sus propios ojos.
El juglar se transforma en el verdadero motor escénico de la obra. A través de un notable trabajo interpretativo, el actor despliega una galería de personajes que atraviesa registros clásicos y contemporáneos, alternando relato, humor, poesía y representación. La ruptura ocasional de la cuarta pared, ya sea mediante preguntas directas o la búsqueda de miradas cómplices, refuerza esa sensación de encuentro colectivo que caracteriza a las formas teatrales más antiguas y populares.
No resulta un desafío menor sostener un unipersonal inspirado en Shakespeare y, al mismo tiempo, establecer un diálogo genuino con las infancias. Aun así, la obra consigue articular temas universales como el amor, la ambición, los vínculos familiares y la pérdida desde una perspectiva accesible, sin renunciar a la complejidad que habita en el material original. Más que adaptar Hamlet, la propuesta parece preguntarse cómo nacen las historias y qué lugar ocupa la imaginación en ese proceso.
La escenografía, remite de manera reconocible al universo del castillo que asociamos con Hamlet. A pesar de ello, en algunos momentos la acumulación de elementos parece exceder las necesidades de la puesta. Una mayor síntesis visual probablemente permitiría que ciertos recursos respiren mejor y que la fuerza del trabajo actoral ocupe un lugar aún más central dentro de la escena.
Desde lo técnico, la iluminación cumple un rol fundamental en la construcción narrativa. Los cambios lumínicos acompañan eficazmente los desplazamientos temporales y emocionales, mientras que el trabajo con sombras aporta profundidad a la atmósfera escénica. Del mismo modo, el vestuario se convierte en una herramienta dramatúrgica de gran efectividad: cada paño, cada transformación y cada recurso material contribuyen a delinear las distintas identidades que el actor encarna a lo largo de la función.
Aunque la construcción de personajes resulta sólida en términos generales, podría profundizarse la diferenciación entre algunos de ellos mediante una mayor variación en la corporalidad o en la impostación vocal, especialmente considerando la gran cantidad de roles asumidos por un único intérprete.
Pequeño William posee un núcleo sólido y una gran virtud, en la capacidad de recuperar la dimensión lúdica de la creación. Más que acercarnos al dramaturgo consagrado, nos propone imaginar a un William curioso, inquieto y dispuesto a explorar todas las posibilidades de una historia antes de escribirla. En tiempos donde las certezas suelen imponerse sobre las preguntas, la obra reivindica el valor de jugar, inventar y dejarse sorprender. Y es precisamente en esa invitación a volver a mirar el mundo con la libertad de la infancia donde encuentra su momento más auténtico.