Somos hacedores de teatro
Molly se desvela. Al lado suyo, su marido duerme profundamente. Molly tiene muchas cosas en su cabeza, y no se presentan de forma ordenada. Como suele pasar con los pensamientos, y sobre todo con los que aparecen de madrugada, se superponen, se interrumpen, se retoman, quedan suspendidos y se mezclan con otros. Así funciona el flujo de conciencia, y así lo plasma James Joyce en su último capítulo de Ulises titulado “Penélope”, un texto que con el correr de los años se convirtió en un monólogo teatral adaptado en múltiples países.
Cristina Banegas se para en el centro del escenario, por delante de un fondo minimalista y por detrás de un atril que sostiene el texto, y suelta a Molly Bloom. La lee, la recita, la canta, la grita y la susurra. La interpreta fiel a su texto original, un texto que no tiene prácticamente puntos ni comas. Su cuerpo, sus sombras y sus múltiples voces ocupan una mínima fracción del espacio y a su vez lo llenan completamente. La potencia de Cristina es brutal, y Molly es innegablemente atemporal.
Esta mujer, originalmente de principios de 1900, logra interpelarnos con cuestionamientos universales y actuales. Planteos cotidianos como recapitular lo que hay que hacer al día siguiente o pensar en comprar flores para el comedor de la casa, se entremezclan naturalmente con reflexiones sobre el deseo sexual, la infidelidad, los estándares de belleza, la nostalgia por la juventud o el duelo.
Molly no duerme porque pensar también es una forma de estar viva. Y en ese desorden, en esa deriva aparentemente caótica, aparece la intimidad sin filtro. Tal vez por eso el monólogo sigue resonando más de un siglo después: porque en esa voz que no se detiene, que duda, que desea, que recuerda y que insiste, hay algo de todos. Y cuando finalmente llega ese “sí” que cierra el texto, no suena solo como una respuesta, sino como una afirmación vital que todavía hoy sigue latiendo.
Ficha técnica de la obra