26/04/2026
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“Los fantasmas de Fabiana” constituye un ensayo del fracaso; ese que ocurre no por falta de intento, sino por su exceso. La insistencia deja de ser un motor para convertirse expresamente en una condena. Todo en Fabiana —como personaje— orbita una misma necesidad intrínseca por validación. Su vida no avanza, insiste. Cada intento fallido no la detiene, la intensifica; la lleva a sus propios límites a estrellarse contra los límites de otros, a doblarse hasta querer encajar en espacios que no están a su medida, a mutilarse emocionalmente para lograr seguir estando.

¿Cómo se inicia a contar lo que nos ocurre? Si hoy, nos plantáramos frente a una hoja de papel, sobre un diván, frente a alguien en algún café; con una sensación incómoda atorada en la garganta ¿cómo la dejaríamos salir? Las personas no se desbordan ni de golpe ni muy de pronto, lo hacen por pedazos. En “Los fantasmas de Fabiana” —escrita y dirigida por Florencia Rebecchi y representada en El Portón de Sánchez— la vida de nuestra protagonista se fragmenta en audiciones fallidas, vínculos estancados e intentos cada vez más desesperados por encontrarse a sí misma en algún lado: todo cuanto acontece parece girar en torno a una misma insistencia, a una necesidad que no encuentra resolución.

Aparentemente, Fabiana es una joven actriz que se encuentra rebotando de audición en audición en búsqueda de su próximo trabajo. Mientras tanto, tras las bambalinas de su atascada vida profesional, ronda los recuerdos de su última relación amorosa: Lucía, explora la posibilidad de irse del país para probar suerte, fantasea con volver impulsivamente a recuperar su vida, se muda al mismo edificio que su expareja y continúa preparando papeles que no la llevan a ningún escenario —ni a ningún lado más que a un descenso en picada a la insuficiencia. El planteamiento del texto dramático deja entrever en lo profundo de su psiquis, entre las líneas de los diálogos y la exasperación de su constante disconformidad: Fabiana persigue —con una obstinación que roza lo insoportable— la validación que otorga el ser elegida.

De tal forma, toda la puesta en escena parece responder a ese mismo desorden interno; busca hacerlo tangible, volver a la realidad un reflejo deforme de su mente. Para ello, la economía de actores elegida por la puesta en escena resulta particularmente eficaz. Mientras que Daryna Butryk le da vida a una exasperante Fabiana durante toda la obra, Juan Manuel Barrera se encarga de dar cuerpo a múltiples personajes que atraviesan la vida de la protagonista. Axel (el director de cámara de los castings a los cuáles concurre), Lucía (su expareja), el terapeuta y la casera del edificio de Fabiana confluyen en un mismo cuerpo escénico reforzando la idea de que todo lo que ocurre orbita en torno a Fabiana. El montaje escénico enfatiza que el mundo exterior no parece ser más que una extensión deformada de la propia percepción. En contraposición a ello, su figura permanece fija, casi atrapada e el centro de ese torbellino insosegable.

“Los fantasmas de Fabiana” constituye un ensayo del fracaso; ese que ocurre no por falta de intento, sino por su exceso. La insistencia deja de ser un motor para convertirse expresamente en una condena. Todo en Fabiana —como personaje— orbita una misma necesidad intrínseca por validación. Su vida no avanza, insiste. Cada intento fallido no la detiene, la intensifica; la lleva a sus propios límites a estrellarse contra los límites de otros, a doblarse hasta querer encajar en espacios que no están a su medida, a mutilarse emocionalmente para lograr seguir estando.

El uso del espacio escénico (Ramiro Casalla, Candela Martínez y Jacqueline Maquieira) acompaña la misma lógica. Los distintos escenarios —una casa, un consultorio, una sala de casting, su departamento en Italia— no se presentan como espacios realistas, sino como proyecciones que se suceden con la fluidez de conciencia, de su pensamiento. Allí, nada termina de asentarse del todo. Todo parece, en algún punto, estar ocurriendo dentro de la misma mente. De igual manera ocurre con el vestuario (Jacqueline Maquieira), revelador en su aparente simpleza. Fabiana se construye visualmente como alguien que tiene el control: prolija, armada, sostenida, acorde a la situación. Pero esa imagen funciona apenas como una superficie que intenta contener su derrumbe. Hay una distancia constante entre lo que quiere mostrar y lo que efectivamente muestra. El universo sonoro comprende bien esa conjunción. Con una presencia insistente, lo sonoro termina de consolidar una atmósfera donde nada está del todo en calma. Y es que no hay reposo posible, porque tampoco lo hay en la subjetividad de Fabiana.

Así, todo vuelve al mismo punto. No importa qué sucede, ni cuánto se desplace la acción, no importa el inicio ni el final: la historia es el eje. Fabiana no busca un resultado, busca una confirmación. En ese gesto se revela algo más profundo: el deseo de ser elegida como forma de evitar tener que elegirse a sí misma. Ahí radica el núcleo más incómodo de la obra. Porque, lo que en Fabiana aparece exacerbado, al espectador no le resulta del todo ajeno. No busca un papel ni tampoco un amor: busca una prueba de existencia. Y en el intento desesperado por ser elegida, la obra deja al descubierto una incomodidad tangible: cuánto de nosotros también necesita ser visto para poder sostenerse.