Uno de los aspectos más singulares es su formato unipersonal. Lejos de apoyarse en grandes despliegues escenográficos o recursos externos, la obra encuentra su fuerza en el cuerpo y la presencia de la actriz. Es allí donde sucede todo: en la capacidad de construir mundos, de habitar múltiples identidades, de hacer visible lo invisible. Con mínimos elementos, pero con un trabajo físico y emocional sostenido, logra trasladar al espectador a cada uno de esos tiempos y espacios, generando una experiencia que, por momentos, se vuelve casi inmersiva.
