25/05/2026
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Algunas obras están pensadas más como vivencias que como narraciones. Su intención es conectar con el público desde los sentidos y desafiar las estructuras teatrales tradicionales. Las Emociones se inscribe dentro de esa intención, apostando por una propuesta inmersiva donde el público no ocupa una butaca frontal sino que rodea una pasarela central, quedando incluido dentro del espacio escénico desde el primer momento.

Algunas obras están pensadas más como vivencias que como narraciones. Su intención es conectar con el público desde los sentidos y desafiar las estructuras teatrales tradicionales. Las Emociones se inscribe dentro de esa intención, apostando por una propuesta inmersiva donde el público no ocupa una butaca frontal sino que rodea una pasarela central, quedando incluido dentro del espacio escénico desde el primer momento.

La obra comienza de manera disruptiva: flashes de luces blancas en la oscuridad, sonidos que irrumpen desde distintos puntos de la sala y palabras ligadas al amor que se repiten como ecos entre los intérpretes estratégicamente distribuidos. Desde ese inicio se percibe una búsqueda estética clara, una intención de construir un clima entre lo onírico y lo fragmentado, donde lo emocional funcione más desde la sensación que desde una narrativa lineal.

El programa propone acompañar a un hombre atravesado por distintas emociones, desdoblado en múltiples versiones de sí mismo, explorando el deseo, la identidad amorosa y los vínculos sin etiquetas rígidas. Sin embargo, esa idea inicial, que podría abrir un universo amplio y profundamente humano, termina por diluirse en una sucesión de escenas y referencias que no siempre logran encontrar un hilo conductor sólido.

La obra se construye a partir de citas, canciones y fragmentos de discursos asociados históricamente al amor romántico. Borges, Neruda, Dalí, Sandro, Julio Iglesias, Mecano, Alejandro Sanz, Manzanero o García Lorca aparecen como voces que se entrecruzan en distintos monólogos y momentos musicales. La fragmentación prometida pareciera apoyarse en esa multiplicidad de figuras masculinas y sus maneras de nombrar el amor, aunque muchas veces los pasajes se sienten más acumulativos que dialógicos, como si cada intervención funcionara solamente como puente para el ingreso de la siguiente.

En ese recorrido aparece también uno de los aspectos más contradictorios de la propuesta. La obra logra generar incomodidad, aunque no siempre desde la profundidad emocional que pareciera buscar, sino desde la reiteración de ciertos discursos románticos que oscilan entre la melancolía, la intensidad y, por momentos, formas de amor atravesadas por una agresividad difícil de problematizar dentro de la escena. Hay una insistencia en un imaginario masculino heterosexual muy reconocible, construido desde el sufrimiento amoroso y la idealización del otro, pero sin llegar a desarmarlo o tensionarlo verdaderamente.

En cuanto al formato inmersivo, la participación del público es menor de lo que inicialmente se sugiere. Aunque la cuarta pared se rompe constantemente, quienes asisten permanecen mayormente estáticos, salvo en un momento puntual donde se los invita a participar de un baile sobre la pasarela. El resto del tiempo, la experiencia sensorial se apoya en los desplazamientos de los actores entre el público, los susurros al oído, la interacción con algunos elementos de utilería y el uso permanente de estímulos lumínicos, humo y perfume en aerosol. Si bien estos recursos buscan reforzar la inmersión, por momentos terminan saturando la percepción más que ampliando la experiencia escénica.

La propuesta se define como surrealista y de vanguardia, y ciertamente existe una intención de romper estructuras tradicionales tanto en la construcción del personaje como en el modo de habitar el espacio. Sin embargo, la puesta no siempre logra sostener la ambición conceptual que plantea. El vestuario, la escenografía y parte de la construcción actoral resultan limitados para acompañar el universo simbólico que intenta crearse, dificultando que el espectador termine de ingresar en ese territorio emocional y poético que la obra promete.

Aun así, hay momentos donde la obra consigue conectar. Se destaca particularmente la musicalidad y la presencia de uno de los intérpretes, cuya voz logra sostener emocionalmente algunas escenas y aportar verdad dentro del caos fragmentario de la propuesta. También ciertos pasajes dramáticos permiten, aunque sea por instantes, salir de la superficie de las referencias y acercarse a algo más genuino y sensible.

Las Emociones es una obra ambiciosa, con una idea de base que podría abrir preguntas interesantes sobre la masculinidad, el amor y la vulnerabilidad emocional. Hay una búsqueda evidente detrás de la experiencia y un deseo de romper formatos que resulta valioso. Sin embargo, la sensación final es la de una propuesta que todavía necesita mayor elaboración y profundidad para alcanzar todo aquello que intenta abarcar. Entre estímulos, referencias y fragmentos, quedan destellos de algo que podría ser mucho más potente si encontrara una voz propia capaz de ordenar y profundizar todo lo que quiere decir.