26/04/2026
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La obra dialoga con el mito de Las Bacantes, pero lo hace desde un registro propio, cercano, con un lenguaje que se reconoce en lo barrial, en lo popular. Las voces de estas mujeres construyen un tejido común hecho de rimas, de humor filoso y de una verborragia que acerca, que incluye, que vuelve familiar lo que podría ser ajeno. En ese entramado, cada personaje encuentra su momento para decir, para romper, para sostener y sostenerse.

Entre las obras que se permiten jugar en el borde: entre la risa y lo incómodo, entre lo festivo y lo inevitable. Las Bingueras de Eurípides se instala en ese territorio con una energía desbordante, proponiendo una experiencia que no se agota en lo que muestra, sino que apuesta en continuar en su posteridad, como una indagación que insiste.


En escena, un grupo de mujeres de pueblo se reúne alrededor de un bingo clandestino que, en apariencia, solo promete un pasatiempo, un momento de ocio. Sin embargo, lo que comienza como una excusa para escapar de lo cotidiano pronto se convierte en otra cosa: un espacio de catarsis, de complicidad compartida y de pequeños gestos de rebeldía. La figura de Dionisia funciona como catalizadora de ese corrimiento, una presencia que empuja los límites y abre la puerta a un universo donde lo ritual y lo terrenal conviven sin pedir permiso.


La obra dialoga con el mito de Las Bacantes, pero lo hace desde un registro propio, cercano, con un lenguaje que se reconoce en lo barrial, en lo popular. Las voces de estas mujeres construyen un tejido común hecho de rimas, de humor filoso y de una verborragia que acerca, que incluye, que vuelve familiar lo que podría ser ajeno. En ese entramado, cada personaje encuentra su momento para decir, para romper, para sostener y sostenerse.


El tono oscila con soltura entre lo delirante, lo sensible y lo triste. Hay chistes que tensan los límites de lo moral, hay risas que estallan casi sin aviso, y también hay quiebres donde asoma algo más profundo. La música acompaña ese vaivén con inteligencia: por momentos se acerca a la comedia musical, por otros roza lo sacro, reforzando un clima que por instantes parece desbordarse a propósito. Todo sucede casi al unísono con las emociones de quienes habitan la escena.


La puesta, en su aparente simpleza, encuentra una estética propia. Vestidos floreados, colores que vibran, cortinas de serpentinas que delimitan y transforman el espacio, y músicos que no se quedan quietos en un solo rol: intervienen, acompañan, irrumpen. La iluminación, por su parte, guía la mirada con precisión, destacando presencias o convirtiendo el escenario en una celebración que por momentos roza lo festivo, casi como una postal inesperada.


Pero entre tanto color y tanta risa, la obra deja entrever una tensión que crece. Hay algo de tragedia latente que se filtra de a poco, hasta hacerse imposible de esquivar. Y es ahí donde Las Bingueras de Eurípides encuentra uno de sus mayores aciertos: en ese giro que sacude, que reconfigura lo visto y que, lejos de cerrar, abre.


La propuesta invita a pensar en las formas de la libertad, en los límites que se imponen y en los que se desafían. Habla de opresiones, de comunidad, de esos lazos que se construyen incluso en contextos adversos. Y sobre todo, pone en escena un interrogante que queda flotando: qué nos sostiene, quiénes nos sostienen, y de qué manera seguimos encontrándonos con otros.


Es un teatro vital, desbordado y con una identidad muy marcada, que apuesta a incomodar desde la risa y a emocionar desde lo colectivo. Las Bingueras de Eurípides busca dejar una huella, una vibración compartida que trasciende el aplauso.