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La obra arroja su tesis más filosa: el dolor es lo más valioso que tiene la vida. Este vínculo es prueba irrefutable de existencia. A pesar de la densidad de su premisa, Estoy acá sin fin es una experiencia hermosa, vital y profundamente movilizadora, sostenida además por la bella habilidad poética de las actrices. No hay ni la más mínima mueca, apagón o detalle que no esté cargado de una intencionalidad clara. Todo en la escena nos habla, nos interroga y nos obliga a mirarnos las propias cicatrices.

Estoy acá sin fin esquiva la anécdota biográfica y la generalidad familiar para exponer, con una crudeza que encandila, las particularidades universales del VÍNCULO MADRE E HIJA. Antes de avanzar, declaro mis coordenadas —casi como un escudo ético—: escribo desde la distinción de género, entendiendo que ser mujer supone desventajas y riesgos socio-culturales e históricos que configuran este lazo de manera única, y anclada, irreversiblemente, en mi rol de hija. Huelga decir lo vital y amorosa que puede ser esta relación; sin embargo, la obra nos expone, sin anestesia, a una complejidad y un dolor de tal magnitud que solo el amor condenadamente incondicional que genera es capaz de tolerar. Es la relación más compleja y tremenda de una mujer.


En vez de utilizar los recursos metateatrales para solo reflexionar sobre el teatro, aquí operan como el bisturí preciso que disecciona la maternidad y la hijitud. La pieza exhibe impúdicamente sus propios procedimientos: nos cuenta los procesos de creación, los ensayos, los aciertos y las fallas. Ese espejo es, precisamente, lo que vuelve a la relación una experiencia tan abrumadora en su inmensidad: Madre intenta perpetuamente cubrir el espectro total de las necesidades (físicas, emocionales, sociales, etcétera) de su hija e, invariablemente, falla —pues la omnipotencia es imposible— y se frustra; mientras Hija es testigo y evidencia encarnada de esa imperfección inevitable. Ambas proyectan expectativas inalcanzables, ambas se decepcionan; el lazo deviene perpetuamente insuficiente.


Al principio, los cortes entre escenas son abruptos y resultan extraños; sin embargo, rápidamente una comprende que así es la experiencia maternal. Un mapa emocional que va de la angustia asfixiante a la carcajada sin conexión aparente. En ese desborde, el eje que amarra el caos —y que genera el quilombo también—, es la hija.
Bajo esta lógica, el metalenguaje se presenta como la metáfora de una creación acabada frente a una inacabable. La obra de teatro se gesta, se ejecuta y queda formalmente resuelta cuando finaliza su presentación; posee la belleza tranquilizadora de lo que tiene un límite. La hija se crea —«Yo no te pedí nacer», escupe Hija con desapego—, pero la labor de la madre jamás se da por satisfecha. Es una producción subjetiva que no conoce el punto final y que solo concluye, en un sentido empírico, cuando al menos una de las partes muere —aunque los gestos y las palabras resuenen perpetuamente—.


La obra arroja su tesis más filosa: el dolor es lo más valioso que tiene la vida. Este vínculo es prueba irrefutable de existencia. A pesar de la densidad de su premisa, Estoy acá sin fin es una experiencia hermosa, vital y profundamente movilizadora, sostenida además por la bella habilidad poética de las actrices. No hay ni la más mínima mueca, apagón o detalle que no esté cargado de una intencionalidad clara. Todo en la escena nos habla, nos interroga y nos obliga a mirarnos las propias cicatrices.