La obra arroja su tesis más filosa: el dolor es lo más valioso que tiene la vida. Este vínculo es prueba irrefutable de existencia. A pesar de la densidad de su premisa, Estoy acá sin fin es una experiencia hermosa, vital y profundamente movilizadora, sostenida además por la bella habilidad poética de las actrices. No hay ni la más mínima mueca, apagón o detalle que no esté cargado de una intencionalidad clara. Todo en la escena nos habla, nos interroga y nos obliga a mirarnos las propias cicatrices.