Somos hacedores de teatro
Descubrir que la soledad también enseña
Ross Gardiner es un joven ejecutivo de Nueva York, a punto de cerrar el negocio de su vida. Apurado por llegar a una reunión, casi atropella al Sr. Green, un anciano de 86 años, viudo, religioso y aferrado a su pequeño departamento como a su último refugio.
La justicia no lo manda a prisión. Le impone una pena más humana y más incómoda: deberá visitar al Sr. Green una vez por semana, durante seis meses, para asistirlo.
Lo que empieza como un trámite molesto entre dos mundos opuestos —la juventud productiva, revolucionaria y veloz contra la vejez pausada, creyente y solitaria— se convierte en un encuentro transformador. Dos soledades obligadas a escucharse, que terminarán salvándose mutuamente.
Si la obra ya es exquisita en texto, con este equipo se vuelve imprescindible.
Bajo la dirección del gran Santiago Doria, Jorge Suárez es el Sr. Green. No actúa la vejez, la habita. Cada pausa, cada forma de agarrar la taza de té, cada queja, está llena de verdad. Es una clase magistral de composición realista: el departamento que huele a encierro, la viudez que no se supera, la miedo a ser una carga, la fe como único ancla cuando todo lo demás se fue.
Y Facundo Arana es Ross en todo su vértigo y su fragilidad. De a poco se le va cayendo el traje de ejecutivo para mostrar que necesita ser escuchado tanto como el Sr. Green.
Arana tiene una escucha en escena que es oro puro. Deja que el vínculo crezca y lo enriquece.
Conmovedores de principio a fin.
Hay verdad, ritmo y mucha humanidad.
Visitando al Sr. Green habla de lo que nos falta hoy: parar, escuchar al otro aunque nos incomode, aunque sea distinto. Habla de la vejez con un respeto y una ternura que no es lastimosa, es amorosa. Del miedo a estar solo. Y de cómo un vínculo inesperado te puede cambiar la vida.
Y enfrente, Ross no es el joven salvador. Es otro solitario, pero de traje. Su soledad es distinta: la del que lo tiene todo y no tiene a quién contarle. Por eso la relación funciona. Del choque de edades surge la unión que transforma la soledad en compañía.
Las composiciones de ambos personajes son el corazón del espectáculo: del rechazo y el perjuicio a la confianza y al cariño más profundo. Una visita que parece obligación y termina siendo hogar.
Porque a veces la vida no te manda un castigo, te manda una puerta entreabierta. Y del otro lado, alguien que también estaba esperando que alguien golpee…