Somos hacedores de teatro
La ratonera: el crimen como espejo helado.
Hay obras que no envejecen. Se enquistan. La ratonera, de Agatha Christie, bajo la dirección de Manuel González Gil, es una de ellas y sigue funcionando como lo que es: una trampa perfecta.
González Gil lo entendió todo. No traiciona a Christie, la honra. La deja respirar en su esencia: el misterio como ceremonia. Toma ese salón nevado de Monkswell Manor — ese afuera blanco que es incomunicación y adentro cargado de abrigos húmedos y sospechas — y lo convierte en lo que mejor sabe hacer el teatro: una caja de resonancia.
Ahí radica la excelencia de su apuesta. El suspenso no se declama, se construye. Con la pausa justa, con la luz que recorta una sombra donde no debería haber nada. Un mecanismo de relojería. Y nosotros, los espectadores, somos los ratones.
Es inevitable pensar en Hitchcock. Como en el maestro del suspense, aquí nadie es inocente del todo y todos somos culpables de mirar. Christie y Hitchcock comparten la misma perversión exquisita: encerrar a un puñado de desconocidos en un espacio y dejar que el miedo haga el resto. El voyeurismo, el detalle insignificante que luego es puñal, la culpabilidad que se esconde detrás de los buenos modales. González Gil filma con luz de teatro lo que Hitchcock filmaba con cámara: la sospecha del otro.
Y es que La Ratonera es un laberinto de relecturas. Cada personaje es un palimpsesto. Creemos escuchar una coartada y en verdad estamos escuchando una infancia. Creemos ver un gesto amable y en verdad es una coartada. La obra nos invita — nos obliga — a volver a mirar todo desde el final, como quien desarma un tejido para entender dónde se escondía el nudo.
El crimen, en Christie, nunca es solo quién mató. Es por qué todos queríamos matar un poco. Y en esta puesta, ese por qué cae como nieve sobre el público: silencioso, inevitable, blanco.
Hay que ir para dejarse atrapar, otra vez, por el placer culpable de sospechar de todos.