28/04/2026
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“Los besos que no dimos” no busca cerrar, ni ordenar, ni ofrecer una experiencia tranquilizadora. Hay algo deliberadamente inconcluso, algo que se escapa incluso de su propia lógica performática. Como esos besos que el título invoca: promesas suspendidas, intentos fallidos, gestos que no llegan a realizarse, deseos que quedan en el imaginario; pero que, en su no-acontecer, dicen más que cualquier resolución. Es una obra que insiste, moviliza, por momentos se dispersa, por momentos acierta con precisión.

Hablemos de posdrama, ¿qué entendemos por posdrama? Si el término sale en la charla, ¿deberíamos citar obligatoriamente a Lehman? Deberíamos…pero quizá entonces nadie quiera continuar con la lectura de esta reseña. ¿Qué es posdrama? Es performance, instalación, presentación, las polémicas ‘living arts’… ¿Es la muerte definitiva o sólo la crisis sin quiebre de la representación escénico-mimética? ¿Podemos contar una historia sin inicio-nudo-desenlace? ¿Podemos dar cuenta de un “todo” a partir de sólo sus fragmentos e ideas desmechadas? “Los besos que no dimos” del director Gaby Gavila y su equipo grita que sí, que a veces las respuestas de la vida y de la escena no son más que una burda introspección, que la performance es una continuación espectacular de la vida y —por sobre todas las cosas— que exigir amor es un ensayo, una probatura de la derrota.

Si el posdrama es —como se dice— una categoría, aquí aparece más bien como una excusa. O mejor: como un punto de fuga creativa. Porque “Los besos que no dimos” no parece interesado en inscribirse en nada más que en poner en evidencia, tensionar y desgastar la práctica escénica. No hay aquí una poética del concepto, sino un hacer desde el gesto: cuerpos que destapan, palabras que no terminan de organizarse en un único discurso, situaciones que se ofrecen más como tentativas que como estructura fija. Y entonces la pregunta deja de ser qué es el posdrama para transmutarse en “qué hace la escena cuando decide correrse —aunque sea momentáneamente— de la obligación de significar.”

Una respuesta tentadora a la incógnita: el teatro se trata también —y por mucho— de intervenir espacios. De abrirlos a la posibilidad, de estirar sus límites y forzarlos a decir algo más de lo que estaban dispuestos y/o diseñados para decir. En La Sodería: espacio artístico fabril, los performers le ponen el cuerpo y, en su hacer, encausan historias —o más bien, una ausencia múltiple de ellas—, lo amedrentan con la pura insistencia de su presencia. “Los besos que no dimos” arrebata el espacio por completo, lo vuelve inestable: todo es escenario y, a la vez, deja de ser contenedor de representación y se vuelve una superficie de íntima fricción.

Esta fricción se instala con más fuerza cuando aparece el diálogo meta-teatral. Preguntar en la escena: qué es el teatro, qué es la vida del actor, cómo se llega —si es que se llega— a querer ser artista, qué se siente ser artista y terminar haciendo una obra-performance donde se des-delimitan los aspectos de lo que es ficción y lo que es parte de su propia vida. Tal vez la respuesta a estos interrogantes no sea una sola y se encuentre más en lo que uno asume como propio. Porque si algo es la performance es exposición hasta la última instancia: extrapolar, delatar, intensificar aquello que en la vida cotidiana a pesar se insinúa, exacerbarlo en la escena. ¿Qué puede salir de esta operación? La reflexión, sí, pero también el encontronazo contra el ridículo; la emoción cruda, la reacción inesperada, la incomodidad de verse —y dejarse ver— en escena. El teatro —o las artes escénicas, llámelo como quiera, suspendamos por un momento las discusiones terminológicas, otorguémosle esta licencia a esta obra— es también potencia porque desnuda, interpela, porque le permite al espectador ver alguna fracción suya y propia sobre las tablas: le devuelve un reflejo fragmentario de sí mismo en la expectación. Identificación, no-identificación, distanciamiento, cercanía: después vendrán las teorías y ontologías del drama a disputar cuál de estos efectos es más legítimo. Aquí en “Los besos que no dimos”, en cambio, lo que aparece es otra cosa: una sátira persistente sobre las pretensiones del hecho escénico mismo, una burla que recae tanto sobre los intérpretes como sobre las figuras que eventualmente encarnan. Hablar del fracaso amoroso, hablar del fracaso profesional, hablar del fracaso —o simplemente: hablar.

Y, sin embargo, hay algo que sostiene ese riesgo: los performers. Con un diseño de vestuario impersonal, una dirección de luces que persigue y otorga el foco de los intérpretes, y una musicalidad que acompaña, corta y suspende las múltiples historias que aparecen en la escena; la puesta performática —que es ya de por sí un salto al vacío— dispone de un amplio número de actores-performers en escena. El conjunto integrado por Martin Armendariz, Lautaro Barani, Sofía Biga, Fede Cabello, Francisco Caltabiano, Mailen DI Gaetano, Delfina Figueroa, Marcos Luquin, Nancy Meijide, Daiana Pavón, Liza Polo, Leandro Sturla, Alexander Xavier Pérez, asume el riesgo y lo convierte en chispa. Hay una química muy bien trabajada que evoca una escucha, una disponibilidad para el juego y el desborde que evita que la experiencia se diluya en la dispersión. Un timming equilibrado entre la risa, el asombro, la indignación y —siempre— la empatía. En ese equilibrio inestable, entre lo coral y lo caótico, esta expresión artística encuentra uno de sus mayores aciertos.

Y tal vez ahí radique su potencia, en el riesgo. “Los besos que no dimos” no busca cerrar, ni ordenar, ni ofrecer una experiencia tranquilizadora. Hay algo deliberadamente inconcluso, algo que se escapa incluso de su propia lógica performática. Como esos besos que el título invoca: promesas suspendidas, intentos fallidos, gestos que no llegan a realizarse, deseos que quedan en el imaginario; pero que, en su no-acontecer, dicen más que cualquier resolución. Es una obra que insiste, moviliza, por momentos se dispersa, por momentos acierta con precisión. Deja una sensación persistente: que el teatro y la vida —entre lo que se actúa y lo que se expone— no hay una frontera clara, sino un umbral: apenas una distancia mínima, casi imperceptible. Una distancia, acaso, de un beso. Ese beso que nunca dimos.