Le Frigo, de Copi, escrita en 1983 y estrenada originalmente en el Théâtre Fontaine de París, lleva la obra hasta un extremo, algunas de las manías que atraviesan la producción del autor: lo absurdo, lo grotesco, la sexualidad, la identidad, la soledad y esa capacidad tan particular de hacer convivir lo cómico con algo profundamente oscuro. César Aira alguna vez señaló que Copi “se atreve a todo”. Y quizás esa sea una de las mejores maneras de acercarse a esta obra: aquí pareciera que todo puede suceder y que cualquier límite está puesto solamente para ser atravesado.
En esta versión, protagonizada por Manu Fanego, encontramos a una ex modelo de grandes pasarelas que vive recluida en su departamento mientras escribe sus memorias. Al cumplir cincuenta años recibe de su madre un regalo tan inesperado como inquietante: una enorme heladera, desde ese momento, ese objeto aparentemente banal comienza a alterar la realidad que la rodea. Lo que en principio parece apenas una situación extraña se transforma progresivamente en otra cosa, y la heladera termina funcionando casi como una puerta hacia aquello que el personaje intenta mantener encerrado.
Abrirla es, de algún modo, abrir también su propio mundo interior, a partir de allí aparecen recuerdos, fantasías, deseos, personajes y situaciones que ya no permiten distinguir con demasiada claridad dónde termina la realidad y dónde comienza la imaginación, aprovechando esa ambigüedad para convertir el monólogo en una sucesión constante de diálogos, y en metamorfosis.
Un solo actor sostiene una cantidad de personajes que entran y salen de escena con una velocidad que obliga al espectador a aceptar las reglas del juego, donde lo que sucede es inusual e inesperado, llevando al público a dejarse llevar y experimentar lo desconocido, donde la ficción toma el poder por completo.
La gran certeza sin duda es la de Manu Fanego para este unipersonal, donde la actuación tiene una enorme variedad de registros, su capacidad polifacética, con momentos de clown, pasajes de una velocidad casi descontrolada y también pausas donde el silencio consigue volver extraña una situación que hasta unos segundos antes resultaba completamente desopilante.
La musicalidad que agrega con el piano y canto, no intenta simplemente interpretar muchos personajes, sino construirlos desde recursos muy concretos: una voz, un acento, una postura, un gesto, una manera de caminar o apenas una modificación en el cuerpo, el desdoblamiento sucede delante de nosotros, la gracia que le asigna al glamour de ésta ex modelo, aporta sin recaer en lo que podría ser burdo, un atractivo magnético, Fanego sostiene esa diversidad sin perder nunca el hilo del personaje, incluso cuando la obra parece estar a punto de desarmarse por completo, nos permite apreciar un artista realmente polifacético.
El humor ocupa un lugar central, pero nunca termina de ser un humor holgado, ya que hay algo continuamente incómodo debajo de lo gracioso, una melancolía que aparece por momentos y que termina modificando la manera en que recibimos algunas escenas. La ruptura de la cuarta pared contribuye a esa cercanía: el personaje mira al público, lo interpela y establece una complicidad que hace que determinadas situaciones tengan todavía más fuerza, no se trata solamente de hacer participar a quien observa, sino de incluir la sensación de que también está dentro de ese extraño universo.
El vestuario acompaña con altura esa multiplicidad, la estética de la obra tiene algo elegante, sensual y excesivo que parece especialmente adecuado para esta ex modelo que intenta reconstruir su propia historia. Las prendas funcionan como una caracterización visual y consolidan la pluralidad de reconocer rápidamente las distintas transformaciones, hacen posible que los cambios sucedan con la velocidad que exige la puesta con la ambición de lo que promete, glamour, provocación y cierto gusto por lo extravagante, pero sin que el resultado caiga en una caricatura demasiado evidente.
En cuanto a la iluminación y la escenografía se puede apreciar un trabajo meticuloso, donde la puesta en escena y la luz tiene una función bastante precisa dentro de la puesta: delimita espacios, acompaña los cambios de clima y ayuda a separar determinados momentos de la narración, guiando la mirada del público en ocasiones, reforzando la creación de las diversas emociones. En una obra donde la realidad se vuelve cada vez más inestable, la iluminación funciona como una manera de ordenar aquello que deliberadamente parece estar perdiendo cualquier orden.
Ante tanto acierto, quizá lo más interesante de Le Frigo sea que, detrás de todo ese delirio, existe una soledad bastante reconocible, donde el personaje intenta reconstruir su historia mientras a su alrededor aparecen las distintas versiones de sí misma y de quienes la rodean. El absurdo no funciona entonces solamente como un recurso para provocar risa, sino como una forma de hablar de aquello que resulta demasiado difícil de mirar de frente, la identidad, el deseo, la muerte, el amor y la sexualidad aparecen mezclados en un mismo territorio donde nada termina de ser completamente real ni completamente imaginario.
Le Frigo es,es una obra que encuentra en lo grotesco una manera de hablar de cosas bastante serias sin necesidad de solemnizarlas, la heladera que irrumpe en medio del departamento termina siendo mucho más que un objeto extraño: es una puerta, una amenaza, un depósito de recuerdos y también una invitación a abrir aquello que preferimos mantener cerrado. Fanego se mete de lleno en ese universo y consigue sostenerlo desde el cuerpo, la voz, el humor y una notable capacidad para transformarse frente al público.
Copi escribió una obra que parecería surrealista, incómoda y por momentos lóbrego, entendiendo qué, para llevarla a escena no hacía falta domesticar ese delirio, sino entregarse a él, siendo esta su mayor atributo: permitir que durante un rato todo pierda su forma conocida para que podamos reconocernos, de manera bastante inesperada, en medio de ese desorden.
Ficha técnica de la obra