El contraste propuesto por las intérpretes es evidente desde el primer momento y es muy bien acompañado por el tripulante de cabina, quien en sus breves apariciones se encarga de proporcionar datos importantes y acercar a las protagonistas. La obra apela a una actuación donde predomine un realismo dramático: una ilusión de la escena como continuación inmediata del mundo cotidiano. No hay una corporalidad excesiva, no hay un gesto que desborde, el tratamiento de la voz colinda más con la técnica cinematográfica que con la proyección necesitada para llenar los ecos de una sala, no hay movimiento dinámico en la escena.
