El teatro en tanto arte, y el arte en tanto vida, es una expresión a contra archivo de la existencia humana. Al ser acontecimiento único e incapturable tiene la potencia delatora necesaria para interpelar al presente en tanto ‘hecho en desarrollo’. Esta, su particularidad, nos provee de la oportunidad de poder mirar brevemente (lo que dure la representación dramática) desde afuera del plexo social que componemos —y a la par nos compone— y cuestionarnos acerca de cuánto en verdad nos estamos haciendo cargo de su existencia y devenir. Y el tomar conciencia de lo real, en ocasiones, puede ser un hecho violento. En Teatro del Pueblo, ubicado en Lavalle al 3636 en el barrio de Almagro, los domingos a las 17 horas ocurre una fiesta convivial que comprende bien este hecho. Reverberando la ausencia, y echando luz sobre una herida social que debe seguir sangrando hasta que seamos finalmente ni una menos, acontece: ‘Expediente A.R.’ escrito y dirigido por Melisa Freund.
“Este espectáculo está dedicado a la memoria de las víctimas de femicidio y de la espectacularización del dolor, y a sus sobrevivientes”.
A.R. es una adolescente de no más de diecisiete años. Tiene una madre, un padrastro, un novio y le gusta usar pulseras de mostacillas. Hace gimnasia después de la escuela, tiene un muy buen promedio académico, al salir de clase siempre lo hace en grupo con sus amigas hasta que sus caminos se separan siempre en la misma esquina, lleva una remera blanca dentro de la mochila y el cabello medio arremolinado agarrado con una gomita. Sonríe mucho, tiene la voz medio finita y disfruta de esas charlas donde uno hace una lista de ‘tres cosas que…’. Vive en un edificio en la calle Ravignani en el barrio de Palermo —el mismo donde trabajaba su asesino— al cuál un día se la vio entrar por última vez antes de ser hallada en una planta del CEAMSE: en un vertedero de basura.
Desde un principio la propuesta de Freud y su afinado equipo es clara: cómo se reconstruye a alguien a partir de su trágica ausencia. Uno de los mayores aciertos de la puesta está en la atinada distribución de su elenco. El equipo comprende que la multiplicidad no es sinónimo inmediato de mayor cantidad de cuerpos en escena; por el contrario, se apuesta por una economía de personajes muy bien lograda. Federica Presa, interpreta a Narradora 1, la madre de A.R. y a una panelista de noticieros; Alfredo Sánchez, es Narrador 2, el padrastro de A.R., un juez y un comentarista de noticiero; y Luca Ongarato, da cuerpo al novio de A.R., un presentador y al abogado del asesino. Esta pertinente fórmula de desdoblamiento, lejos de empobrecer el universo dramático, vuelve más visible la maquinaria de reconstrucción que propone la obra evocando distintos escenarios claves: el entorno familiar, el enfoque de los medios sobre el caso, el lado judicial y una mirada a su intimidad. El juego es claro: cada cuerpo puede ser otro, ofrecer su voz a otro e inclusive recordar por otro. Los únicos personajes que no ingresan dentro de esta dinámica son los interpretados por Caro Wolf y Mauro Pelandino; A.R. y su asesino. Esta decisión clave genera que la crudeza se intensifique ya que, cuando el cuerpo deja de poder desplazarse entre personajes, queda obligado a permanecer al desnudo ante nosotros.
La actuación por parte de todo el elenco sostiene este mecanismo con una precisión notable. Sus interpretaciones denotan entrega, solemnidad y una gran apertura a la problematización del conflicto. Esto se ve reflejado especialmente cuando el espectáculo se permite ahondar en la mente del victimario. Sin convertir aquello en una justificación a su crimen, se le otorga una voz, un cuerpo encarnado y una lógica; esto obliga al espectador a enfrentarse a una pregunta fríamente incómoda: ¿qué lleva a una persona a ejercer violencia sobre otra? El horror en la obra no aparece entonces como una anomalía inexplicable, ni como el atributo de un monstruo ajeno a lo humano; sino, como una posibilidad peligrosamente inscrita en nuestra naturaleza desviada. “Acaso no tengo un cuerpo” exclama el asesino. La frase resulta insoportable. Devuelve al espectador a aquello que prefería mantener fuera del encuadre: el cuerpo del victimario también existe, también desea, también actúa; y precisamente por eso, también puede accionar para destruir a otro cuerpo. ‘Expediente A.R.’ no concede la redención; le niega incluso más que eso: le prohíbe instaurarse en la comodidad reduccionista de una figura incomprensible.
Si la economía de personajes exhibe la maquinaria con la que otros intentan hablar por A.R., la dramaturgia hace lo propio con el relato: fragmenta, superpone y vuelve a montar los restos de una vida que ya no puede narrarse a sí misma. El testimonio de la madre, el programa televisivo, los recuerdos del novio, las reactuaciones de los testigos que oscilan entre lo verídico y lo ficticio y las alteraciones temporales, componen una suerte de pastiche de la existencia de A.R. No asistimos a la reconstrucción ordenada de una historia, sino al intento —siempre fallido— de armar un cuerpo a partir de las voces que quedaron tras su desaparición.
La potencia del texto dramático recae entonces en no disimular esa imposibilidad. Hay algo particularmente desolador en la esquena en que la madre intenta recordar qué llevaba puesto su hija cuando fue vista por última vez: “mochila, cuaderno tapa dura, un buzo, tarjeta SUBE, táper de plástico, una pulserita de cómo se llama eso mostacillas, remera blanca, auriculares, una manzana podrida…”. La enumeración parece querer fijar aquello que se escapa, como si cada objeto pudiera funcionar como una pieza capaz de devolverle una identidad a su hija. Pero, mientras ella intenta dibujar su imagen mentalmente, mediante esos restos cotidianos, el propio agresor va vistiendo su cuerpo con los objetos mencionados mientras A.R. se deja hacer. La distancia entre ambas acciones resulta en un choque brutal: mientras que una intenta recuperar a la persona a través de sus cosas; el otro dispone de un cuerpo al que ya le fue arrebatada la posibilidad de decidir.
Y el golpe final de la crudeza llega cuando incluso el recuerdo más pequeño se vuelve incierto: “no lograban ponerse de acuerdo en el color del buzo con el que salí ese día” dice A.R. La metáfora del duelo se introduce preciosamente: no es un camino hacia la recuperación y remembranza de una imagen completa; sino la convivencia permanente con una imagen que nunca termina de completarse y que se va alejando con el tiempo. A.R. permanece en los relatos de los otros; en los que ni siquiera puede ser recordada como ella verdadera—y completamente— era.
‘Expediente A.R.’ es una crisálida de capas semánticas.
Entre los materiales que interrumpen y a la vez profundizan esta reconstrucción aparece el artefacto sonoro ideado por Sebastián de Marco. En concreto, algo destacable del mismo es el uso de “Tumbas de la gloria”, canción del álbum El Amor Después del Amor Fito Páez, la cual se vuelve un motivo recurrente entre aparición y desaparición de la voz de A.R. “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” entona A.R. junto a su novio en un uso de lo musical que parece surgir directamente de la memoria afectiva de él. La canción introduce una dimensión íntima dentro de una obra atravesada por discursos públicos, expedientes, noticieros y testimonios, como si por un instante la reconstrucción dejara de intentar explicar qué sucedió para preguntarse cómo se recuerda a quien ya no está. Su aparición dialoga, además, con las conversaciones de los jóvenes alrededor del llamado “Club de los 27”: la muerte imaginada desde la distancia puede ser entretenida, mística, incluso satírica cuando todavía pertenece al terreno de lo improbable. Pero hay una diferencia irreparable entre fantasear con morir joven y enfrentarse a la muerte de alguien joven. A.R. quería morir de juventud, no morir joven. Y en esa torsión mínima entre ambas expresiones la obra encuentra una de sus preguntas más dolorosas: qué sucede con nuestras ideas sobre la muerte cuando deja de ser una posibilidad abstracta y se convierte en la ausencia concreta de alguien a quien amamos.
‘Expediente A.R.’ de Melisa Freud y equipo (Pablo Graziano, Sebastián de Marco, Demián Becerra, Facundo Panichelli), es pues, una gran representación dramática. Imperdible, necesaria, contundente; bellamente pensada y mucho mejor elaborada sobre las tablas. Un convivio duro y memorable.
Ficha técnica de la obra