11/05/2026
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Es imperativo destacar los altísimos valores de producción de la obra, que alcanzan una excelencia técnica indiscutible. Las actuaciones son de gran nivel, con una mención especial para Rosario Charo Jaimes, quien demuestra una solidez interpretativa conmovedora y precisa. Asimismo, la escenografía logra integrar el concepto de legado familiar y tareas de cuidado a través del crochet de manera magistral, logrando una amalgama orgánica que se ve potenciada por un diseño de iluminación de gran factura y sensibilidad estética.

La propuesta escenográfica de El sentido de sanar establece un diálogo interdisciplinar sumamente fértil para el análisis. El diseño espacial nos sitúa en un living contemporáneo arquetípico, pero lo hace bajo un encuadre particular: tres piezas fundamentales —el telón de fondo, la alfombra y una manta— han sido elaboradas mediante la técnica de granny square. Este motivo básico del crochet, caracterizado por su construcción concéntrica y su versatilidad modular, opera aquí como una metáfora visual de la estructura dramática. Sin embargo, así como el tejido puede evolucionar desde lo simple hacia estructuras intrincadas, la práctica escénica se queda aquí en la iteración de lo conocido, limitando el potencial del lenguaje escénico.


Desde una perspectiva técnica, es notable la precisión con la que el tejido anticipa la narrativa posterior. La obra se inscribe con rigor en los cánones del drama moderno, apoyándose en la mímesis de la cotidianeidad, el realismo psicológico, el planteamiento de dilemas morales, etc. No obstante, esta elección estética dota a la experiencia de un carácter anacrónico; el teatro contemporáneo —especialmente el de la escena porteña— ha desarrollado recursos de síntesis lo suficientemente sofisticados como para prescindir de la explicitación absoluta, confiando en la capacidad de inferencia del espectador.


En este sentido, la pieza presenta una agenda de temas ético-políticos que, lamentablemente, son abordados desde una óptica que bordea lo superficial. El texto amaga con un discurso de corte feminista que se diluye progresivamente, e introduce referencias a la obra de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido) que no parecen integradas orgánicamente en el conflicto. Esta construcción desemboca en una psicología del personaje femenino que remite a paradigmas decimonónicos, donde la resolución de los conflictos parece subordinada a mandatos tradicionales de nupcialidad y maternidad.
Es imperativo destacar los altísimos valores de producción de la obra, que alcanzan una excelencia técnica indiscutible. Las actuaciones son de gran nivel, con una mención especial para Rosario Charo Jaimes, quien demuestra una solidez interpretativa conmovedora y precisa. Asimismo, la escenografía logra integrar el concepto de legado familiar y tareas de cuidado a través del crochet de manera magistral, logrando una amalgama orgánica que se ve potenciada por un diseño de iluminación de gran factura y sensibilidad estética.


La inclusión de simbología religiosa explícita hacia el desenlace termina por confirmar una visión conservadora que contradice la complejidad inicial del planteo. En definitiva, se trata de una puesta en escena visualmente impecable que, sin embargo, se ve limitada por un texto que no termina de dialogar con la madurez del teatro actual.