Estamos frente a una obra que tiene dos momentos trascendentales; el primero es cuando aparece Satanás, seguido por el Inquisidor (estos personajes impresionan por sus fuertes conceptos y sus formas tan vehementes de dialogar), a lo que se suma el silencio del prisionero, que da a entender que dentro de tanta oscuridad hay solo una salvación: el amor; y el segundo momento, es el final, con una imagen bondadosa alejándose paulatinamente, con una musicalidad mística inigualable; una puesta en escena impresionante. Los actores, Fernando Blanes (el inquisidor), Bruno Chmelik (satanás), Fernando López (el prisionero), son excelentes (como nos tienen acostumbrados).
