07/05/2026
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Estamos frente a una obra que tiene dos momentos trascendentales; el primero es cuando aparece Satanás, seguido por el Inquisidor (estos personajes impresionan por sus fuertes conceptos y sus formas tan vehementes de dialogar), a lo que se suma el silencio del prisionero, que da a entender que dentro de tanta oscuridad hay solo una salvación: el amor; y el segundo momento, es el final, con una imagen bondadosa alejándose paulatinamente, con una musicalidad mística inigualable; una puesta en escena impresionante. Los actores, Fernando Blanes (el inquisidor), Bruno Chmelik (satanás), Fernando López (el prisionero), son excelentes (como nos tienen acostumbrados).

El Gran Inquisidor, rapta a un prisionero (que todos en la Sevilla del siglo XVI especulan que es Jesús), para indagarlo sobre su accionar, ya que lo acusa de otorgarle a los hombres el don de la “libertad terrenal”, siendo su pensamiento que esto en lugar de “felicidad”, le traerá “castigo” a la humanidad; pero el Inquisidor no está solo, Satanás (que adora el poder y por eso utilizará la ambición del “poder” de los humanos para enajenarlos) lo acompaña y es el encargado de atestarle la cabeza con sus propósitos, comparaciones, ordenes, explicaciones, lo que lo induce cada vez más a acusar vehementemente a su rehén; el Gran Inquisidor se iguala a Satanás al exigir la estabilidad material sobre la fe y la libertad; indefectiblemente, se produce así un vínculo de poderes, satanás sobre inquisidor y este sobre el cautivo; hasta aquí, porque el cristiano cautivo demuestra cual es la “verdad” que pone fin a ese despótico autoritarismo”.

El capítulo (de nombre homónimo a esta obra teatral), del libro “Los hermanos Karamazov”, de Fiódor Dostoievsky, nos llega concentrado en un debate contemporáneo merecedor de ver y escuchar; gracias a la actual y penetrante Adaptación, Puesta en escena y Dirección general del eximio dramaturgo Martín Barreiro, su texto tiene una variabilidad dramática impactante que hace que los “pensamientos malignos” que habitan en los protagonistas salgan a la luz convirtiéndolos en palabras, las que ponen en discusión las opiniones sobre la fe, el poder, el “libre albedrío”, la felicidad, la seguridad, la sumisión, la opresión de la conciencia, convirtiéndolo en una abrumadora disputa de ideologías.

Estamos frente a una obra que tiene dos momentos trascendentales; el primero es cuando aparece Satanás, seguido por el Inquisidor (estos personajes impresionan por sus fuertes conceptos y sus formas tan vehementes de dialogar), a lo que se suma el silencio del prisionero, que da a entender que dentro de tanta oscuridad hay solo una salvación: el amor; y el segundo momento, es el final, con una imagen bondadosa alejándose paulatinamente, con una musicalidad mística inigualable; una puesta en escena impresionante. Los actores, Fernando Blanes (el inquisidor), Bruno Chmelik (satanás), Fernando López (el prisionero), son excelentes (como nos tienen acostumbrados).