El Amor es una Mierda: o cómo sobrevivir a volver a ser una misma después del otro.
Hay experiencias que, por más íntimas que sean, parecen pertenecerles a todo el mundo. El desamor es una de ellas. Quién no ha gritado alguna vez a viva voz que “el amor es una mierda”, quién no ha ensayado conversaciones que nunca sucedieron, imaginado reencuentros improbables, o incluso tomado decisiones que, vistas desde una sana distancia, producen un atisbo de vergüenza —de esos que te hacen pegar un gritito como si sintieras un hincón en la ingle derecha— que pide a sollozos un poco de ternura. La ruptura amorosa tiene algo de tragedia privada y de espectáculo involuntario: mientras intentamos recomponer los restos de aquello que fuimos con otro, también debemos enfrentarnos a la mirada ajena, guardar las apariencias y fingir que aún tenemos algún dominio sobre nosotros mismos. En ese equilibrio jodido y delicado entre el colapso emocional y la necesidad de seguir funcionando acontece “El Amor es una Mierda”, un unipersonal en el que Vanesa Maja, bajo la dramaturgia y dirección de Cecilia Meijide, convierte la experiencia del desamor en una hilarante, incómoda y reconocible ceremonia colectiva.
La propuesta es clara y breve: una mujer ensaya qué ha de decir al momento de la firma de los papeles de divorcio que pondrán un fin definitivo no sólo a sus años de relación amorosa, sino que también —conforme se va desarrollando la obra— a una forma de existencia: la que construyó con y a partir de un otro. La protagonista se presenta a sí misma de manera avasallante desde la primera palabra. Sin rodeos, sin caretas: le pasa de todo al mismo tiempo, una crisis in crescendo. Como público, la conocemos a partir de los fragmentos sueltos de ese lío que se arma en su cabeza; lugar donde aún no termina de entender qué sucedió, pero en el que a la vez, está determinada a salir airosa de toda situación (que ella misma se invente). Se instaura así un juego entre el amor y el ego tan entreverado de realizar como entretenido y devastador de ver: el escenario, la oficina de la abogada de su pronto ex-marido; el guion: un pivot constante entre la compostura externa y el caos interno; la trama, un ir y venir entre el sentir actual y el rezago de sus viejos recuerdos; el motivo: no sé sabe —porque no hace falta darlo. El amor simplemente se acaba.
La intensidad de Maja cautiva al público desde el comienzo. Su personaje nos provoca risas, espanto y empatía; nos permite reconocernos en ella y, al mismo tiempo, tomar una distancia suficiente para juzgar sus próximas decisiones. Queremos que sea “la mejor persona posible” en dicha ecuación, que “se resuelva con altura”, que conserve algo de dignidad, que no vuelva pronunciar esa confesión que ya sabe no debe decirle. Pero a la vez, también queremos que destroce la compostura y haga un escándalo; que diga lo que tiene que decir, que no se guarde nada, que no se vaya sin hacer ruido. Por el amor, cuando termina, parece exigir alguna forma de estruendo. ¿Cómo aceptar que algo que ocupó tanto espacio en nuestras vidas pueda desaparecer sin dejar marca visible? ¿Cómo despedirse de alguien sin sentir que, con él, también se está yendo una parte de nosotros? ¿Cómo no vamos a romperle todo en un intento de exteriorizar el quiebre interno? Ella lo sabe.
La obra funcione, en buena medida, porque resulta terriblemente ‘relatable’: fuimos todos. O, al menos, todos estuvimos alguna vez lo suficientemente cerca de ese lugar como para reconocerlo. Entre la compostura que intentamos sostener y el impulso de dinamitarlo todo, la protagonista encarna esa ruleta rusa emocional en la que cada decisión parece contener la posibilidad de una nueva humillación. Y ahí aparece el humor. Este no surge de observar a una mujer que ha perdido el control desde una mera posición de superioridad, sino de reconocer, en sus desbordes, los nuestros. Nos reímos de ella, y casi inmediatamente, nos descubrimos riéndonos de nosotros mismos.
Pero, detrás de esa comicidad aparece una pregunta más compleja: ¿qué hacemos con todo aquello que el amor ha transformado cuando la persona que motivó esa transformación ya no está?
Tal cual lo dice nuestra protagonista: amar es también construir una cotidianidad. Es el café de la mañana, las citas de los viernes, las discusiones durante el almuerzo, la compañía en las pequeñas cosas que, precisamente por su insignificancia aparente, terminan organizando nuestra vida. Es pensarse con otro, incorporar sus preferencias, modificar hábitos, imaginar futuros y aprender a reconocerse dentro de una relación. El amor no es únicamente un sentimiento dirigido hacia alguien: es también una forma de habitar el mundo y de producir una imagen de nosotros mismos. Por eso, cuando la relación termina, no alcanza con perder al otro. También se pierde una organización de la existencia. Quedan las rutinas sin destinatario, las palabras que ya no encuentran interlocutor y las versiones de nosotros mismos que solo tenían sentido dentro de aquella relación. La pregunta por el regreso se vuelve entonces inevitable: ¿cómo se vuelve a una misma? ¿Cómo se regresa a un antes del amor cuando ese antes ya no existe? La ruptura no nos devuelve intactos al punto de partida. Algo ha cambiado y debemos aprender a convivir con esa transformación incluso cuando ya no encontramos, en el otro, la razón que la puso en marcha.
La dramaturgia de Meijide resuelve esto de una manera acertada: la discusión se traslada a la no-presencia del personaje masculino. Esta es construida por el espectador a partir de aquello que nos relata nuestra protagonista. Esparcimos sus pedazos entre anécdotas, lo que ella imagina, las interacciones que ensaya y, sobre todo, las respuestas que anticipa. Y lo que es aún más interesante: también lo reconstruimos a través de su propio cuerpo. Sabemos que él le decía que el cabello claro le hacía destacar más su nariz, que así parecía más joven; sabemos que le gustan las baladas de rock y que hizo que ella adopte ese mismo gusto; que vacaciona en la playa, y que puede ser tan galante y divertido como desesperante. Cada detalle dado por ella compone una imagen fragmentaria de ese hombre que, sin necesidad de aparecer, condicione la acción y organiza buena parte del universo del monólogo e inclusive pareciera poder organizar la agencia emocional de ella.
Hay algo todavía más inquietante: él ya no la ama.
Esa certeza introduce una asimetría dolorosa. Mientras ella continúa reconstruyendo al hombre, intentando descifrar sus preferencias y anticipar sus reacciones, él ha dejado de participar activamente de ese vínculo. Sin embargo, su mirada persiste. La protagonista sigue midiendo su apariencia, sus gestos y sus decisiones a partir de aquello que alguna vez despertó el deseo del otro. Su cuerpo se convierte así en un campo de disputa entre quien es y quien aprendió a ser para ser amada; entre la identidad que intenta recuperar y aquella que todavía organiza en función de una mirada ausente. La pregunta ya no es solamente cómo dejar de amar a alguien, sino cómo dejar de mirarse a través de sus ojos. Es allí donde la actuación de Vanesa Maja encuentra una de sus mayores potencias. Su cuerpo no se limita a acompañar el relato: produce sentido, reconstruye al ausente y vuelve perceptibles las contradicciones de la protagonista. En los cambios de registro, en los gestos, en las inflexiones de la voz y en las situaciones que ensaya, la actriz construye una subjetividad en permanente oscilación. La mujer que quiere mostrarse entera convive con aquella que está a punto de desmoronarse; la que promete no volver a buscarlo se enfrenta a la que todavía espera una señal. La comicidad nace, precisamente, de esa distancia entre lo que el personaje se propone hacer y aquello que finalmente no puede evitar.
La conexión con el público es progresiva y constituye uno de los grandes logros de la propuesta. Queremos a la protagonista, la entendemos, queremos matarla por algunas de sus decisiones y, segundos después, abrazarla. Queremos decirle que también estuvimos ahí, que conocemos esa vergüenza, que sabemos lo difícil que resulta abandonar una historia incluso cuando comprendemos que ya terminó. Maja consigue que la identificación no dependa de una experiencia biográfica idéntica, sino del reconocimiento de una vulnerabilidad compartida. No necesitamos haber vivido exactamente lo mismo para comprender el impulso de volver, la necesidad de ser elegidos una vez más o la obstinación de buscar respuestas allí donde ya no parece haberlas.
El texto de Cecilia Meijide acompaña esta intensidad desde una escritura hilarante, irreverente e indecorosa, dispuesta a tocar aquellas fibras sensibles que la compostura social suele mantener a resguardo. La obra se permite decir en voz alta aquello que muchas veces pensamos en silencio, exponer las contradicciones que preferiríamos ocultar y convertir la vergüenza en materia teatral. Su humor no elimina el dolor: lo vuelve transitable, permite acercarse a él sin necesidad de solemnizarlo. Reírse del desamor no significa restarle importancia, sino encontrar una distancia desde la cual volver a mirarlo. La conexión con el público es progresiva y constituye uno de los grandes logros de la propuesta. Queremos a la protagonista, la entendemos, queremos matarla por algunas de sus decisiones y, segundos después, abrazarla. Queremos decirle que también estuvimos ahí, que conocemos esa vergüenza, que sabemos lo difícil que resulta abandonar una historia incluso cuando comprendemos que ya terminó. Maja consigue que la identificación no dependa de una experiencia biográfica idéntica, sino del reconocimiento de una vulnerabilidad compartida. No necesitamos haber vivido exactamente lo mismo para comprender el impulso de volver, la necesidad de ser elegidos una vez más o la obstinación de buscar respuestas allí donde ya no parece haberlas.
El texto de Cecilia Meijide acompaña esta intensidad desde una escritura hilarante, irreverente e indecorosa, dispuesta a tocar aquellas fibras sensibles que la compostura social suele mantener a resguardo. La obra se permite decir en voz alta aquello que muchas veces pensamos en silencio, exponer las contradicciones que preferiríamos ocultar y convertir la vergüenza en materia teatral. Su humor no elimina el dolor: lo vuelve transitable, permite acercarse a él sin necesidad de solemnizarlo. Reírse del desamor no significa restarle importancia, sino encontrar una distancia desde la cual volver a mirarlo. La simpleza de la escenografía y la disposición musical acompañan esta operación sin competir con ella. El dispositivo escénico deja espacio para que la palabra, el cuerpo y sus variaciones concentren la atención. En un unipersonal donde el universo de la protagonista se construye, en gran medida, a través de su relato, esta economía de recursos permite que cada gesto adquiera relevancia y que la ausencia del otro se vuelva una presencia perceptible sin necesidad de materializarse.
“El amor es una mierda” nos recuerda, finalmente, que terminar una relación no equivale a regresar al lugar del que partimos. Hay una parte de nosotros que queda ligada a aquello que vivimos, incluso cuando ya no deseamos volver a vivirlo. Aprendimos a amar de determinada manera, nos transformamos bajo una mirada y construimos una vida en compañía; después, cuando esa compañía desaparece, debemos descubrir qué hacer con todo lo que permanece. Quizás por eso el desamor resulte tan ridículo y tan doloroso al mismo tiempo. Porque mientras intentamos recuperar la dignidad, todavía esperamos un mensaje; mientras afirmamos que no volveremos a caer, ensayamos una nueva forma de acercarnos; mientras queremos demostrar que ya no nos importa, seguimos organizando nuestros gestos alrededor de alguien que dejó de mirarnos. La obra no se burla de esa contradicción: la expone, la amplifica y nos invita a reconocernos en ella.
Y cuando las luces se apagan, queda la certeza de que, aunque el amor pueda ser una mierda, atravesar su final también supone aprender a convivir con la persona en la que nos convirtió. No se trata de volver a ser quienes éramos antes, sino de averiguar quiénes podemos ser ahora. Quizás el primer paso sea dejar de ensayar para una mirada que ya no está y comenzar, por fin, a mirarnos de nuevo.
En Almagna Teatro, hermoso nuevo espacio en el barrio de Almagro (Guardia Vieja 3783), los sábados a las 19:30 transcurre este convivio que permite gritar para todos en general; pero para él en particular que: “El Amor es una Mierda”.
Ficha técnica de la obra