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Hay algo inquietante en aquello que se ofrece como espectáculo. La mirada se detiene, desea conocer, poseer, comprender aquello que se presenta como extraño. En el circo de fenómenos, esta relación adquiere una dimensión particular: aquello que se aparta de la norma puede convertirse en mercancía, en atracción, en objeto de fascinación. Sobre esta tensión se construye Djaevel, obra escrita por Miguel Ángel Diani y dirigida por Mariano Cossa, donde una enorme caja se convierte en el objeto alrededor del cual se organiza un encuentro que, progresivamente, irá revelando mucho más de lo que sus personajes parecen estar dispuestos a mostrar.

En un paraje perdido, el dueño de un circo de fenómenos recibe la visita de una pareja de hermanos que llega arrastrando una enorme caja. Dentro llevan una rareza extraordinaria que pretenden venderle para su espectáculo. La han transportado durante largo tiempo y ahora buscan a alguien suficientemente ambicioso como para convertir aquello que contiene en una nueva atracción. El empresario parece ser el candidato ideal. Desde el comienzo, la Caja ocupa el centro de la escena y de la expectativa. No es simplemente un objeto escenográfico: alrededor de ella se establecen las relaciones de poder, los deseos y las negociaciones que ponen en marcha la trama. Su presencia organiza la mirada de los personajes y también la del espectador, que comparte con el empresario la curiosidad por aquello que permanece oculto en su interior.

Y la obra no se apresura a satisfacer esa curiosidad.

La Caja permanece allí, como una presencia que concentra la atención mientras los personajes comienzan a revelar, casi imperceptiblemente, aquello que los mueve. Los hermanos conocen el valor de lo que transportan y saben que el empresario encontrará en ello una oportunidad. Él, por su parte, reconoce inmediatamente la posibilidad de convertir la rareza en espectáculo y, con ella, ampliar aquello que ya constituye su mundo: el territorio de la exhibición, de la diferencia convertida en mercancía. Es precisamente en ese vínculo entre rareza y espectáculo donde Djaevel encuentra una de sus tensiones fundamentales. ¿Qué significa poseer aquello que se considera extraño? ¿Qué sucede cuando un cuerpo o una existencia pueden ser reducidos a aquello que los vuelve diferentes? El circo funciona aquí como un espacio donde la fascinación y la violencia pueden convivir: aquello que atrae la mirada también puede ser sometido por ella.

Mientras la Caja permanece en el centro de la acción, los hermanos van desplazando lentamente el foco hacia el empresario. La operación es sutil: lo que parecía ser una negociación comercial comienza a transformarse en una exploración de su subjetividad. A través del encuentro, van apareciendo su ambición, sus deseos y, progresivamente, una crueldad que modifica el sentido de aquello que ocurre. La Caja es, entonces, el punto de partida de una revelación. No porque necesariamente importe únicamente aquello que contiene, sino porque su presencia pone en movimiento a quienes la rodean.

El empresario quiere conocerla, poseerla y convertirla en espectáculo; los hermanos, mientras tanto, parecen saber mucho más de lo que dicen. Cada uno ocupa una posición distinta frente al misterio, y esa asimetría sostiene buena parte de la tensión dramática. La actuación de Déborah Fideleff, Pablo Finamore y Román Lamas acompaña esta progresiva transformación del vínculo. La dinámica entre los tres personajes construye una atmósfera en la que nunca termina de resultar evidente quién posee realmente el control de la situación. Los hermanos llegan aparentemente como vendedores; el empresario, como posible comprador. Sin embargo, a medida que avanza el encuentro, estas posiciones comienzan a desplazarse.

La escenografía de Ariel Vaccaro encuentra en la Caja un elemento de enorme potencia visual. Su materialidad domina el espacio y convierte al objeto en una presencia permanente, imposible de ignorar. El vestuario de Mariela Daga y la iluminación de Ricardo Sica contribuyen a construir ese universo circense atravesado por una tonalidad oscura, donde el asombro puede transformarse rápidamente en inquietud. Por otro lado, la música original de Mariano Cossa participa también de la construcción de este clima. Lejos de limitarse a acompañar la acción, contribuye a instalar una atmósfera que se mueve entre lo extraño, lo mágico y lo amenazante.

El mundo que rodea a la Caja parece regirse por reglas que no terminamos de conocer y que se revelan únicamente a medida que los personajes avanzan hacia aquello que inicialmente pretendían ocultar.

Es así como el verdadero desplazamiento de la obra ocurre cuando aquello que debía ser comprado comienza a revelar a quien pretende comprarlo. La rareza deja de ser solamente un objeto de contemplación y se convierte en un mecanismo capaz de desnudar al empresario. Su ambición y su crueldad dejan de ser rasgos secundarios del personaje para transformarse en el verdadero centro del conflicto. Así, el horror aparece progresivamente. No como una irrupción completamente ajena al mundo que la obra había construido, sino como la consecuencia de aquello que ya estaba presente desde el comienzo: el deseo de poseer, exhibir y dominar aquello que se considera diferente. En este sentido, Djaevel trabaja con una inversión particularmente sugerente. El empresario cree acercarse a la Caja para descubrir qué contiene y qué beneficio puede obtener de ella; sin embargo, cuanto más se aproxima al objeto, más expuesto queda él mismo. La Caja organiza el encuentro, pero también funciona como catalizador de aquello que los personajes llevan consigo.

El circo de fenómenos permite que esta tensión adquiera una dimensión mayor. Allí donde la diferencia puede transformarse en espectáculo, la mirada nunca es inocente. Mirar también puede ser una forma de apropiarse del otro, de reducirlo a una característica, de convertir su existencia en mercancía. Djaevel instala ese problema sin necesidad de abandonar el territorio de lo oscuro, lo mágico y lo extraño.

Allí aparece el verdadero horror: no necesariamente en aquello que permanece encerrado, sino en aquello que la Caja consigue hacer aparecer en quienes se encuentran frente a ella.

“Finalmente, una vez más, la Caja habrá cumplido con su cometido.”

Djaevel de Mariano Cossa en el Teatro del Pueblo todos los viernes a las 22:00 hs.

Ficha técnica de la obra