Los clásicos son clásicos debido a una clara particularidad: la capacidad de sobrevivir al tiempo, reinventarse y mantenerse vigentes; son universales. Cada época vuelve sobre ellos, los desarma, interroga, desplaza y, en su hacer, redescubre algo nuevo sobre sí misma. Y qué mejor autor sino para hablar de aquellas cuestiones imperecederas sino Shakespeare; sus personajes y sus conflictos lejos de cristalizarse son móviles, maleables y reflexivos: son un espejo al fondo de la emoción humana. Con los ojos de ahora de Marcos Arano Forteza y Noah Dobin parte de dicha propuesta y se formula una pregunta ¿podemos atrevernos a hacer hablar a un clásico desde el presente?: Shakespeare es extraído de la Inglaterra isabelina y reintroducido en un nuevo tipo de tragedia: la tragedia argentina. Varado en un pueblo perdido del campo de la Argentina profunda; a partir del absurdo, el humor, la música y una comunidad condenada al olvido La Tempestad vuelve a soplar con nuevos vientos.
Lorenzo, un director de teatro que ha dedicado su carrera al estudio del teatro shakespeareano, y su hija Cordelia se encuentran en alguna lejana ruta camino a un muy importante congreso de teatro. Lorenzo había sido invitado a presentar un unipersonal ideado, dirigido, escrito y actuado por él mismo. Sin embargo, debido a un clima azotador se ven obligados a abandonar el auto, la ruta y la esperanza de llegar a tiempo, o tan siquiera llegar. El pueblo donde encallaron ha sido escenario de un terrible accidente agroecológico ocurrido en una planta inglesa de producción de fertilizantes. El insólito accidente acabó condenando a la comunidad que habitaba el pueblo a la suspensión entre el abandono de los responsables y la espera de alguna reparación. En el pueblo, Lorenzo y Cordelia son recibidos por Cora, directora de la escuelita local, y su subordinado, Ariel, conserje, ayudante de piso, jardinero, asistente, reparador, un empleado multifunción. Tras darse cuenta de la imposibilidad de abandonar el pueblo debido a las nefastas condiciones de la ruta y después de haber escuchado la propuesta de los ingleses a Cora de compensar económicamente al pueblo si es que se demostraba que en él se practicaba y cultivaba la alta cultura inglesa; Lorenzo y Cordelia deciden quedarse a montar La Tempestad. En un intento por devolverle la visibilidad al pueblo, de hacer que alguien vuelva a mirar hacia ese lugar que parece haber quedado fuera del mapa se arma un modesto elenco de actores no profesionales y se levanta en una gomería abandonada el primer teatro del pueblo.
El elenco asume este universo con un trabajo coral especialmente logrado: las actuaciones construyen una dinámica conjunta donde el humor, el absurdo y el despliegue físico se encastran con naturalidad. Dentro de este conjunto se destacan particularmente la energía escénica de Guido Botto Fiora y el trabajo de Ignacio Quesada, verdadero hallazgo de la propuesta. Hay, además, una presencia que poco a poco deja de parecer accesoria para convertirse en parte sustancial del acontecimiento: el piano. En manos de los músicos en escena, la música no se limita a acompañar aquello que sucede, sino que participa de la construcción de ese pequeño universo criollo, como si también él tuviera algo que decir.
La operación dramatúrgica encuentra su mayor potencia en el desplazamiento. La Tempestad ya es, en sí misma, una obra sobre el poder, el territorio, el exilio, la dominación y la posibilidad de recomenzar; trasladarla a un pueblo argentino no significa simplemente cambiarle el paisaje. Significa poner esos conflictos a trabajar sobre otras coordenadas. Lo que en Shakespeare podía aparecer bajo la forma de una isla remota se convierte aquí en una comunidad periférica, abandonada y marcada por las consecuencias de una decisión tomada en otro lugar. La isla shakespeariana se vuelve pueblo; el naufragio se transforma en accidente; los personajes que buscan reconstruir un orden encuentran su espejo en quienes intentan reconstruir una comunidad. El clásico deja entonces de ser una pieza distante para volverse una herramienta con la cual mirar aquello que tenemos demasiado cerca.
Y quizá allí radique justamente la potencia de los clásicos: en que aquello que parece pertenecer a un tiempo ajeno puede regresar para hablarnos de nuestras propias formas de habitar el mundo. Shakespeare no necesita ser actualizado porque sus conflictos hayan quedado viejos; necesita ser actualizado porque nosotros hemos cambiado. La obra parece comprender que representar un clásico no consiste en repetirlo, sino en preguntarle qué tiene todavía para decirnos. En este caso, la respuesta aparece atravesada por una sensibilidad profundamente argentina: un pueblo que se resiste a desaparecer, una comunidad que busca ser vista, personajes que sobreviven entre la precariedad y el absurdo y un grupo de personas que decide hacer teatro como quien todavía cree que inventar una ficción puede modificar, aunque sea por un instante, las condiciones de la realidad.
El humor cumple en este procedimiento una función fundamental. El absurdo no aparece simplemente para provocar la risa —aunque lo hace, y con muy buen resultado—, sino para producir una distancia desde la cual mirar aquello que, observado de frente, podría resultar insoportable. Hay algo profundamente argentino en esa capacidad de reírse frente al desastre, de encontrar una forma de supervivencia en lo disparatado, de convertir la tragedia en anécdota y la anécdota en relato colectivo. La obra parece jugar deliberadamente en ese límite: allí donde la situación se vuelve demasiado absurda para ser real, descubrimos que quizá lo verdaderamente absurdo sea la realidad que la produjo.
En este entramado, el trabajo físico de los intérpretes y la música en vivo terminan de darle cuerpo a la propuesta. Los actores no se limitan a representar personajes: construyen un pueblo, sus vínculos, sus tensiones y sus códigos. La energía que circula entre ellos sostiene una poética de conjunto en la que cada presencia parece alimentar a las demás. Y el piano, lejos de funcionar como una simple banda sonora, termina por integrarse al acontecimiento escénico. Su presencia acompaña, comenta y modifica el clima de aquello que ocurre, hasta adquirir una entidad propia dentro del universo de la obra. Como si la música también participara de ese intento desesperado y hermoso por mantener vivo un lugar que parece destinado a desaparecer.
Hay algo profundamente político, entonces, en el gesto de montar La Tempestad en un pueblo olvidado. No porque la obra necesite convertirse en un manifiesto, sino porque pone en escena una pregunta que excede a sus personajes: ¿qué sucede con aquello que dejamos de mirar? Una comunidad condenada al olvido no necesita únicamente recursos materiales; necesita también ser narrada, representada, convertida nuevamente en acontecimiento. El teatro aparece aquí como una forma de visibilidad. Montar una obra no salva mágicamente al pueblo, pero produce algo que no es menor: reúne cuerpos, inventa una ficción común y obliga a mirar hacia un territorio que había dejado de ser visto. El escenario se convierte así en un pequeño espacio de resistencia frente al abandono.
Y quizá por eso la elección de Shakespeare resulta mucho más precisa de lo que podría parecer en un primer acercamiento. La Tempestad habla de mundos que se desarman y de personajes que intentan reconstruirlos; esta obra toma esa estructura y la devuelve a una Argentina donde demasiadas comunidades conocen el lenguaje del abandono, la espera y la promesa de volver a empezar. El clásico funciona como espejo, pero también como materia maleable: cuanto más se lo aleja de su contexto original, más evidente se vuelve aquello que todavía conserva de nosotros. Porque tal vez eso sea, finalmente, ser un clásico: no permanecer intacto, sino sobrevivir a nuestras propias transformaciones. Que Shakespeare pueda desembarcar en un pueblo perdido de la Argentina, convivir con un accidente agroecológico, un piano, una escuela, un puñado de habitantes y una buena dosis de absurdo, y que todavía podamos reconocernos allí, demuestra que las grandes historias nunca terminan de pertenecer al tiempo en que fueron escritas. Pertenecen también a quienes vuelven a contarlas.
Esta propuesta no busca mirar a Shakespeare desde lejos. Lo trae hasta nosotros, lo ensucia de tierra criolla, lo hace reír, lo hace música y lo obliga a convivir con nuestro presente. Y quizás sea justamente por eso que, al salir de la sala, uno vuelve a mirar La Tempestad de otra manera. No con los ojos con los que Shakespeare la escribió. Con los ojos de ahora.
Ficha técnica de la obra