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La estética del copete y el enredo: reseña de “Chismes, chorras y mechones”

Ingresar al universo de “Chismes, chorras y mechones” es someterse a una inmersión sensorial inmediata. En escena, Coca y Lili luchan por mantener a flote la peluquería heredada de su abuela Chola, negociando el alquiler con la inflexibilidad de Judith. La desaparición del dinero de la renta desencadena la intriga, transformando el espacio de “belleza y cháchara” en un cuadrilátero de sospechas donde las máscaras sociales se desmoronan a fuerza de ironías y ganchos al mentón. La escenografía y la selección musical nos desplazan hacia un espacio detenido en el tiempo: una peluquería de barrio en el Mataderos de finales de los ochenta que no solo entra por los ojos, sino también por el olfativo recuerdo del fijador en aerosol y los tintes de época. La estética visual se nutre de una paleta estridente: los vestuarios, exuberantes y saturados, remiten inevitablemente al universo cromático y desmesurado de Pedro Almodóvar.

Nada en el dispositivo escénico está librado al azar; la utilería cumple una función orgánica y mutante, donde un mueble de recepción se transforma sin fisuras en una mesa de manicuría, demostrando una inteligencia espacial donde el diseño está al servicio de la dinámica cómica.

La dramaturgia de Tatiana Lemos se erige sobre un texto filoso, cargado de dobles sentidos, giros lingüísticos y un conocimiento exhaustivo de la cultura popular argentina. El guión no solo recurre al chisme barrial como motor identitario, sino que dialoga de forma subterránea con la historia política del país. El guiño al contexto político de la transición hacia el menemismo —desde un hijo llamado “Carlitos” hasta el juego semanticopolítico detrás de un “cambio radical” de look o la sombra ominosa de un Falcon verde oscuro—, y frases tan simples como letales (“No hay ni un mango, pero al menos nos tenemos”), sintetizan la matriz socioeconómica de la obra y funcionan como una resonancia trágicamente atemporal de la realidad argentina.

Bajo la dirección de Guillherme Machuca, Mercedes Cáceres y Belén Guerrero, la puesta explota las convenciones de la comedia física, el grotesco y la comedia de enredos con un rigor rítmico preciso. Las interpretaciones de Florencia Eugenia Blanco, Mercedes Cáceres, Renata Festa, Belén Guerrero, Tatiana Lemos y Violeta Senno componen un ensamble aceitado donde la química actoral desborda el escenario. La composición del personaje de la abuela roza la verborragia furiosa de la “Violencia Rivas” de Capusotto y el trabajo sobre el prototipo dramático (la soltera frente a la casada, la opulencia de la clase media-alta en contraste con la austeridad de la clase media-baja) genera tensiones que disparan la risa continua a través de gags corporales, precisas mímicas y efectivos momentos coreográficos.

En el fondo, tras los peinados batidos, los enredos y las acusaciones cruzadas, la peluquería “Lo de Chola” es el refugio de quienes, frente a la crisis, eligen resistir juntas entre la risa, el misterio y lo inesperado. ¿Qué queda, al fin y al cabo, cuando cae el último rulero? La gran paradoja argentina: un peinado intacto, el bolsillo vacío y la sospecha de que la de al lado no era tan inocente…

Ficha técnica de la obra