23/05/2026
SARAOS.jpg
La obra es un deleite total de principio a fin. No hay más reseña. Lo que leerá a continuación es, como esta fantástica poíesis, una extensa carta de amor. A las locas, a los putos, a los marginados, a las absurdas; a los uranistas y su saraos: a su fantasía que se trasviste de irrefutable verdad de martes a viernes en las noches de El Galpón de Guevara.

La obra es un deleite total de principio a fin. No hay más reseña. Lo que leerá a continuación es, como esta fantástica poíesis, una extensa carta de amor. A las locas, a los putos, a los marginados, a las absurdas; a los uranistas y su saraos: a su fantasía que se trasviste de irrefutable verdad de martes a viernes en las noches de El Galpón de Guevara.

Se dice que todo cuanto existe lo hace sólo dentro del lenguaje. Forma sutil de ratificar que aquello que no se nombra no posee un correlato en la realidad. Aunque esté, se torna inexistente. Sobra decir también, que la Lingüística, en tanto estudio científico, puede resultar cuanto menos traicionera. ‘Se admite de la investigación cuyo objetivo es entender cómo se comunican las personas y cómo se organiza la facultad cognitiva del habla abarcando tanto su faceta contemporánea e histórica’. Todo conocimiento es situado. Y la Historia misma admite su naturaleza dual y condición de marginalidad: la cuentan los vencedores, la cuestionan los vencidos y la miran desde afuera, muy afuera, aquellos que ni siquiera fueron admitidos en sus fastos. Cuando la humanidad desaparezca, cuando el tiempo nos atraviese a contramano, quedará quizá la esperanza de que los vestigios que dejamos a nuestras espaldas cuenten nuestra historia por nosotros. Denotar, clasificar, categorizar, enclaustrar el acontecimiento en palabras ha sido siempre una gran preocupación humana: transformar el instante en archivo, aprehender la naturaleza como otra forma de dominarla. Pero si lo que no se nombra no existe, y si somos retratados por otros que no somos nosotros, relegados a los márgenes de la Historia oficial, ¿quién habrá que nos recuerde? Olvidamos con frecuencia que, como el teatro mismo, los seres humanos somos acontecimiento vivo: una fuente inabarcable, una materia que se resiste a ser fijada. Allí, en esa resistencia, comienza el contrarchivo; el Saraos Uranistas.

“Saraos Uranistas” es un musical original de lo mejor de la fuerte movida del under del teatro porteño. Escrita y dirigida por Juanse Rausch; coprotagonizada por Payuca del Pueblo, Lucía Adúriz, Manuel Di Francesco, Emiliano Figueredo y Tomás Wicz; y alumbrada sobre las tablas por un talentosísimo equipo de producción, diseño y composición musical. Cuenta una de las historias que se sucedieron durante la edificación y delimitación de la ciudad de Buenos Aires de principios del S.XX: el estudio de medicina general en la cátedra de Psiquiatría y Criminología del Dr. Veyga en la Universidad de Buenos Aires para la “identificación, notación y prevención” del sarao uranista.

‘Uranista’, dícese del hombre que ama a otro hombre, un alma femenina atrapada en un cuerpo masculino. También asociado a ‘Urania’, musa griega del cielo, vinculada al amor ‘celestial’, una oposición al amor afroditario asociado al deseo heterosexual. ‘Saraos’ o reunión nocturna, velada, baile; fiesta. Junto ‘Saraos Uranistas’: convite de maricas. El Dr. Veyga se adentra en una casona en el borde de la Ciudad de Buenos Aires para conocer a Manon ‘la vidente’, ‘La Lola y paloma española’ Dolores, ‘la romántica’ Aída, la Princesa de Bourbon ‘Sirena del Río de la Plata’ y La Bella Otero cuyo nombre es el que ella siente. Todas —al mejor y reactualizado estilo de la revista porteña— acompañadas por el piano del gran Maestro Paki (Gabo Illanes), van a contarle sus historias, sus penurias, la fuente de su fantasía, sus armaduras de lentejuela, los secretos bajo sus enaguas y pelucas al Dr. Veyga.

Las escenas del musical —al modo de números cantados y unipersonales acompañados por el piano de Gabo Illanes— se intercalan con explicaciones y fragmentos de los Archivos de Psiquiatría y Criminología. Se compone un delicado contrapunto entre documento y fantasía. Allí, donde el discurso científico pretendía fijar identidades, el escenario las desborda por completo. Los médicos son las travestis, las travestis se vuelven médicos en una asombrosa economía de personas que exige a los intérpretes una precisión coreográfica bárbara: cambios vertiginosos, voces que mutan y cuerpos en constante transformación interpretativa. El resultado es un ritmo dinámico, potente y técnicamente complejísimo de ejecutar. La inmersión en la fantasía es total: el diseño de vestuario (a cargo de Uriel Cistaro, Pablo Ibañez, Sandra Li, Patricia Mizraji, Barroca y MG) dialoga íntimamente con el trabajo lumínico (de Facundo David), y juntos construyen un espacio donde el archivo se desprende del documento muerto para convertirse en espectáculo vivo. Un contrarchivo escénico que festeja a sus predecesoras.

Si venimos diciendo que todo cuanto existe lo hace dentro del lenguaje, entonces “Saraos Uranistas” aparece como una operación escénica de reivindicación: devolverle la voz y su historia a quienes fueron escritas por otros. La Bella Otero Criolla —bellamente interpretada por la ya queridísima Payuca del Pueblo— “mala, ruda, como ella ninguna” abre el universo del saraos cantando que es viuda, tiene dos hijos y “siempre fue un fracaso en el arte del amor”. Descrita en los archivos médicos como un caso de ‘inversión sexual adquirida (tipo profesional – individuo comerciante)’ la escena la restituye como la narradora de su propia historia. La Bella Otero instala que uno puede vivir cuantas vidas sean necesarias con tal de poder reencontrarse consigo mismo una vez más. Desde ese gesto inicial se despliega una galería de vidas que desbordan cualquier intento de clasificación paupérrima.

Dolores, la irreverente ‘Lola’, burguesa arrepentida. Con una comicidad única y un vozarrón potentísimo el personaje de la inigualable Lucía Adúriz narra cómo abandona las tardes en el Jockey Club por una habitacioncita compartida con las locas para poder vivir su arte al grito de “nunca me gustó la canasta negrita” (y a nosotras en el público pues tampoco). Aída es un caso aparte, y Tomás Wicz —quien la interpreta de una forma tan ‘relatable’ que entre los espectadores nos sentimos personalmente aludides— lo sabe bien. Nos relata cómo fue que se acabó enamorando del doctor José Ingenieros quien sólo la frecuentaba para clasificar su conducta como una forma de adaptación social del ‘hombre mediocre’. En su búsqueda desesperada de afecto su figura nos deja ver que el aislamiento social no es sólo material, sino también emocional y profundamente afectivo. Por otro lado, la Princesa de Bourbon es fantasía, es glamour, la Sirena del Río de la Plata. Emiliano Figueredo conecta de manera lograda y terriblemente conmovedora la imaginación y la realidad de la ficción en su personaje, demostrando que uno es siempre mucho más que el lugar al que la sociedad intenta reducirlo. En ese mismo desfile aparece también Manon. Espectacular, Manu Di Francesco canta: “Chicas. Lindas. Que sueñan con que una parte de la ciudad les perteneció siempre”. El saraos es donde su geste esté; Manon habla de la lucha sin hacer eco a la violencia, cuenta cómo el amor es verdadero heredero de la revolución y cómo habitar los espacios puede ser transformador. Cada una de estas figuras —interpretadas con intensidad, humor y una teatralidad magistral— transforman el archivo en memoria viva.

En “Saraos Uranistas” lo que alguna vez fue diagnóstico, expediente o sospecha policial se vuelve canción, risa, deseo y comunidad. Allí radica la potencia del sarao: en demostrar que, aunque la Historia oficial haya intentado fijar estos cuerpos dentro de categorías médicas y morales de un reduccionismo irrisorio, las identidades siempre encuentran formas de narrarse a sí mismas. Porque si el lenguaje puede borrar, el teatro también puede restituir; y en ese gesto de reapropiación, estas voces olvidadas dejan de ser objeto de estudio para convertirse finalmente, en protagonistas de su propia historia.

“Mi niña, si esto fuese teatro comercial, ahora yo saldría volando sujeta por un arnés sobre el público y tiraría plumas” dice en algún momento Dolores. La frase es un guiño cómplice que provoca la risa inmediata del público que sabe: Lola, querida Lola; la magia está precisamente en saber que nunca hizo falta ser parte ni del discurso dominante ni del teatro oficial para ser estupendo. El circuito independiente de la Ciudad de Buenos Aires, contra todo pronóstico, sostiene, se sostiene y nos sostiene. En sus salas de galpón, en sus escenografías imaginadas en lugar de construidas; en sus potentes tablas se produce algo irrepetible: un espacio donde el arte puede celebrar sus propias formas y múltiples identidades. Porque, al final, nuestro teatro independiente nos recuerda una verdad sencilla y radical: el arte no pertenece a unos pocos; al arte lo hacemos todos. Y la biografía de la Bella Otero en “Saraos Uranistas” de Juanse Rausch y su fenomenal equipo, saben y son testigos: son el cuerpo vivo que habita y resucita esos archivos.

Envíese y publíquese con urgencia. Y ahora sí, archívese.