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Sobre las palabras que hieren y algo más.

No solemos siempre abordar el abuso desde la evidencia. En ocasiones -considerablemente mayoritarias- este nos obliga a internarnos en una zona incómoda; donde los límites son difusos, donde el daño no va atado a la monstruosidad, donde el pánico se esconde tras un velo vertiginoso: donde el afecto se confunde con la necesidad y el poder. “Mis palabras”, escrita y dirigida por Marcelo Allasino nos invita a habitar este linde inestable, este ‘dolor hermoso’.

La obra se constituye a partir de una premisa contundente: en un taller literario para personas con discapacidad, una alumna y su profesor entablan un vínculo singular. En la escritura ella no sólo encuentra un camino para acortar todas las distancias que la separan de su maestro; sino que, en ello subyace también la necesidad por ser mirada de una manera alterna, la posibilidad de expresarse y construirse a partir de un lenguaje propio. Uno que escapa de la realidad que quiere anteponérsele. Él, por su parte, recorre una cuerda floja entre su vocación pedagógica, la necesidad de reconocimiento y un deseo que nunca termina por explicitarse. Dos soledades, un mismo significado encarnado en dos significantes y una peligrosidad que deriva paulatinamente en una compleja trama de dependencia, proyecciones e inevitables equívocos.

La escritura de Marcelo Allasino escapa cuidadosamente a cualquier simplificación. Los personajes exceden las categorías de villanos y víctimas cristalizadas; no hay un sub-texto de cuestión moral y por ende la fantasía de una sentencia definitiva es algo que queda lejos de esta representación. Por el contrario, la dramaturgia se empeña en habitar por completo la ambigüedad y potenciar la ambivalencia en la cual se acaba posicionando el espectador: lo mantiene permanentemente en el territorio de las preguntas. ¿Qué responsabilidades tenemos frente a la vulnerabilidad del otro? ¿Qué ocurre cuando el deseo se entrelaza con una relación asimétrica de poder? ¿Cuándo la ayuda se vuelve en paternalismo? ¿Cuándo el cuidado deviene en apropiación?

Mis palabras comprende que el abuso no siempre adopta formas espectaculares y que -por duro que aquello resulte de desnaturalizar- este no siempre adopta formas espectaculares; sino que habita en lo cotidiano. Cómo pequeños gestos cotidianos nos llevan a la incapacidad de reconocer la autonomía del otro y en la convicción de creer saber qué es lo mejor para quien se encuentra en una posición de mayor fragilidad. Las violencias discretas, las prácticas invisibilizadas de ejercer poder también pueden esconderse bajo los ropajes de buenas intenciones.

En dicho sentido, la discapacidad aquí no aparece como un tema en sí mismo, ni como un dispositivo de sensibilización. Lejos de cualquier mirada diminutiva, la obra se interroga sobre las relaciones que la sociedad construye alrededor de las diferencias y sobre las formas en que determinados cuerpos continúan siendo considerados por otros como incapaces de administrar sus deseos, decisiones y afectos. La vulnerabilidad es sustituida como una condición inherente a ciertas personas y pasa a ser reflejada como una producción social que se intensifica donde las relaciones de poder se vuelven abruptamente desiguales.

Y la obra no encontró mejor manera de encarnar aquello que en una reflexión sobre el lenguaje. Nada en esta representación es casual y el título mucho menos. Las palabras crean realidades, producen fantasías, despiertan la expectativa y fundan un vínculo para con uno mismo y para con el otro. En “Mis palabras”, escribir se convierte en un acto profundamente político: lo que se dice y lo que se calla guardan consecuencias concretas sobre los cuerpos y sobre sus vidas. Las palabras alojan y hieren, abren un mundo de posibilidades e inclusive se transforman en una forma más de dominación.

La puesta de Allasino es fiel a una poética de exploración de las zonas más sensibles de la experiencia humana. El trabajo poiético está sostenido en una economía de recursos que permite desplazar la atención hacia las relaciones entre los personas y las tensiones que circulan entre ellos. Cada escena constituye un delicado equilibrio donde la precipitación de la tragedia se hace palpable en cada interacción. La sensación de vértigo e inestabilidad mantiene al espectador en un estado de permanente inquietud. Esto obliga también a reconocer que las dinámicas abusivas no siempre son ajenas, excepcionales o fácilmente identificables. “Mis palabras” nos enfrenta a la posibilidad de que el daño pueda producirse incluso ahí donde existen el afecto, al empatía y la voluntad de cuidado ofreciendo una mirada profundamente perturbadora.

En gran medida, la complejidad de esta sólida propuesta descansa sobre las actuaciones magistrales expuestas en la escena. Estas eluden cualquier tentación de subrayado o de composición unívoca; los intérpretes Agostina Prato y Manuel Ramos construyen personajes atravesados por contradicciones, capaces de despertar empatía, y al mismo tiempo, incomodidad. El trabajo actoral encuentra su mayor virtud en la ambigüedad de la dramaturgia: sostiene la incertidumbre. Cada gesto, cada silencio y cada vacilación contribuyen a que la relación entre ambos personajes nunca pueda leerse de una sola manera. La escena se convierte en un espacio de tensiones permanentes: deseo, dependencia, afecto y poder se entremezclan sin ofrecer respuestas definitivas. Una precisión interpretativa para aplaudir de pie; un alegato y afirmación de la experiencia profunda y humanamente rota.

En estos tiempos en los que las discusiones sobre consentimiento, poder y vulnerabilidad ocupan un lugar central en la conversación pública, la propuesta de Allasino adquiere una resonancia particular y supone más bien un ejercicio de escucha. Escuchar aquello que las palabras producen en otros, pero también aquello que muchas veces preferimos no escuchar de nosotros mismos.
Es justamente en esa incomodidad donde el teatro encuentra una de sus funciones más necesarias: la de obligarnos a mirar a las zonas grises de los vínculos y a preguntarnos por las responsabilidades que asumimos —o eludimos— frente a la fragilidad ajena.