
Los Sepultureros
Las actuaciones de Plada y Silvera Perdomo son un deleite. Su excelente labor física y vocal les permite ejecutar sin problemas la alternancia entre el texto propio y el original, todo esto en una clave de clown oscuro que funciona perfectamente durante 70 minutos. Ellos, en su rol de Sepultureros, tienen el encargo de enterrar a los muertos de la popular tragedia: al rey “huesitos”, a la hermosa reina, a Claudio y su cabeza enorme, y a un príncipe Hamlet maquillado al estilo drag.

Destino: Lisboa
La dirección actoral es el corazón del espectáculo: logra un equilibrio finísimo entre lo emocional y lo enigmático, guiando a los intérpretes hacia una verdad profundamente humana aun cuando todo alrededor parece distorsionado. El elenco responde con una energía sostenida, precisa, capaz de pasar del absurdo a la tensión con un control admirable.

Hermética
La actuación sostiene la propuesta. Virginia Kaufmann transita con precisión los matices entre humor, ternura y desborde, y le da coherencia a un personaje que se refugia en su propio espacio para sobrevivir. Sus acciones, a veces mínimas, otras desbordadas, revelan un estado emocional que la obra no define, pero deja ver con claridad.

Por mano propia
El aceitado elenco no sólo se encarga de mantener la acción dramática, sino que, a su vez, abre un espacio de diálogo y reflexión en el espectador: como individuos, ¿cómo estamos cuidando a aquellos que en su momento cuidaron de nosotros?; como sociedad, ¿las instituciones geriátricas cumplen verdaderamente su función o son sólo un modo de apartar de la vida social cotidiana a la vejez?; como familia, ¿nos hacemos el tiempo para acompañar esta nueva etapa de la vida de nuestros ancianos?; como país, ¿existe aún la gratitud por aquellos que hicieron al suelo que hoy nos sostiene?

Huellas de Haroldo
Alfredo Martín y su equipo de creación compuesto por Cecilia Pérez, Gustavo Reverdito y Mirna Serra logran -de un modo admirable, respetuoso y reivindicador- rendir homenaje y traer a las tablas la lucha material y simbólica enfrentada en los años de la dictadura. Vuelven a la ficción a la vez un arma y un escudo que alguna vez fueron empuñados por un hombre que retrataba en su obra la resistencia desde la ‘historia’ de un hacer cotidiano.

Pedro entre páginas
Emmanuel Maximiliano Pereyra sostiene el unipersonal con una actuación que mezcla firmeza y fragilidad. Su voz, que puede ser potente o casi quebrarse, acompaña el vaivén entre lo que Pedro piensa, dice e intenta ocultarse a sí mismo. No interpreta tanto una serie de anécdotas, como una forma de pensar: un hombre que, luego de una búsqueda externa de grandeza, se encuentra con lo que le queda, él mismo.
