“A quien vive encerrado en un secreto” es la dedicatoria que aparece proyectada sobre la sala Raúl Serrano apenas iniciada la poíesis. Ilustrativamente, esta frase condensa la fragilidad del estado en el cual se encuentran todos los personajes que componen esta obra. *La semana del diluvio*, escrita por Eva Hibernia y dirigida por Alejandro Giles, da cuenta de las historias que van a parar al hotel de una mujer heraldo de la muerte.
Tras heredar el hotel de su padre hace más de veinte años, la dueña cierra sus puertas de entrada a la apertura de la temporada de caza de cada año para irse de vacaciones. Sin embargo, sus planes son interrumpidos por la tempestuosa llegada de una visitante que ha quedado varada al lado del camino por la lluvia torrencial. En principio conmovida, la dueña (Merceditas Elordi) decide ofrecerle estancia en su hotel; sin embargo, conforme van pasando los días al lado de su nueva huésped, empieza a sospechar que esta misteriosa mujer guarda profundos y dolorosos secretos.
El pueblo se encuentra alejado, a medio camino de nada, y el hotel, ubicado frente a un río que cruza un gran puente, ha sido testigo de otras historias que parecen permanecer suspendidas en el tiempo. El aislamiento provocado por las inundaciones intensifica esta condición: aquello que debía ser apenas una interrupción circunstancial se transforma en un encierro. El afuera queda progresivamente clausurado y, dentro del hotel, pasado y presente comienzan a confundirse.
Es en este espacio detenido donde la escritura de Hibernia construye uno de sus principales procedimientos: velar antes que revelar. La información sobre los personajes aparece de manera fragmentaria, como si cada uno de ellos cargara con una historia que no puede —o no quiere— pronunciar. El secreto no funciona únicamente como un elemento de la trama, sino como una forma de organizar la percepción del espectador. Lo que sabemos llega tarde, incompleto, desplazado por silencios, gestos, cambios de comportamiento y palabras que parecen decir siempre algo más de aquello que efectivamente enuncian.
La visitante, interpretada por Cecilia Chiarandini, es quizá la expresión más evidente de este procedimiento. Desde su llegada, su cuerpo parece encontrarse en estado de alerta: algo la amenaza incluso cuando aquello que la amenaza todavía no tiene nombre. La tensión física antecede a la información narrativa y permite que el espectador perciba una historia que todavía desconoce. El teléfono, por ejemplo, deja de ser un objeto cotidiano para convertirse en una presencia capaz de alterar inmediatamente su comportamiento. Así, aquello que permanece oculto en el relato comienza a hacerse visible en el cuerpo. La actuación de Chiarandini trabaja precisamente sobre esa distancia entre lo que el personaje dice y aquello que su cuerpo revela. No se trata de una exposición inmediata del trauma, sino de una corporalidad atravesada por la imposibilidad de abandonar aquello que la persigue. Frente a ella, la dueña del hotel —interpretada por Merceditas Elordi— ocupa un lugar particular: parece reconocer en los otros aquello que todavía no puede ser dicho. Su vínculo con quienes llegan al hotel se encuentra atravesado por una familiaridad con la muerte que la convierte, más que en una simple anfitriona, en una figura de acompañamiento y tránsito.
El equilibrio de este pequeño universo se altera con la llegada de un hombre que aparece con veinte años de retraso. La temporalidad de la obra adquiere entonces una nueva dimensión: el pasado no permanece detrás de los personajes, sino que irrumpe en el presente y pretende reclamar aquello que cree haber dejado suspendido. La llegada de este personaje introduce una violencia que ya estaba anunciada, aunque todavía no fuera visible, y obliga a que aquello que permanecía velado comience finalmente a emerger.
La dramaturgia de Hibernia evita, así, entregar de una vez las claves para comprender aquello que sucede. El espectador debe reconstruir las relaciones entre los personajes a partir de indicios que se acumulan progresivamente. El fantasma de una joven, la espera detenida durante veinte años, la visitante que parece huir de algo y la mujer que sabe acompañar a quienes van a morir constituyen piezas de una misma constelación. Cada elemento modifica retrospectivamente el sentido de los anteriores.
En esta operación resulta fundamental el trabajo musical de Braian Arévalo. La música no aparece como un mero acompañamiento atmosférico, sino como otro de los dispositivos mediante los cuales la obra administra aquello que puede percibirse y aquello que permanece en suspenso. Allí donde la palabra calla, el sonido continúa produciendo sentido. La experiencia del diluvio, del aislamiento y de la amenaza se construye también desde una dimensión sonora que amplifica aquello que los personajes no consiguen formular.
De este modo, texto, actuación y música participan de una misma poética de la revelación diferida. *La semana del diluvio* no parece interesarse tanto por mostrar inmediatamente aquello que ha ocurrido como por construir las condiciones para que el espectador pueda percibir sus efectos. El secreto, entonces, no es solamente aquello que los personajes guardan: es también aquello que la obra decide reservar, desplazar y hacer aparecer gradualmente. El diluvio termina funcionando como algo más que el acontecimiento que aísla al hotel. Es una imagen de aquello que irrumpe y desborda los límites establecidos, de aquello que durante demasiado tiempo permaneció contenido y finalmente encuentra una vía de salida. Cuando el agua retrocede, tampoco los personajes pueden regresar exactamente al lugar del que partieron. Algo se ha quebrado, pero también algo ha podido comenzar a transformarse.
“A quien vive encerrado en un secreto” funciona, en este sentido, como una clave de lectura que la obra entrega desde el comienzo y cuyo alcance solo puede comprenderse al final. *La semana del diluvio* construye su poética alrededor de aquello que permanece oculto hasta que ya no puede seguir siéndolo. Y es precisamente en ese desplazamiento —entre callar y decir, entre esconder y revelar, entre permanecer detenido y finalmente continuar— donde la obra encuentra su potencia.
Ficha técnica de la obra