La isla: habitar el umbral de lo representable
Hay territorios que no pertenecen del todo a ningún lugar. Espacios suspendidos entre aquello que fue y aquello que todavía insiste en permanecer, entre la presencia y la ausencia, entre lo que puede nombrarse y aquello que apenas conseguimos intuir. La experiencia teatral tiene, en su propia naturaleza, algo de ese territorio liminal: durante el tiempo de la representación, lo ausente puede adquirir cuerpo, los recuerdos pueden volverse acontecimiento y aquello que pertenece a otro tiempo encuentra una forma provisoria de existencia. En ese espacio de indeterminación, donde la contemplación se desdobla y la percepción debe abandonar sus certezas habituales, acontece “La isla”, una propuesta de Ópera Periférica que cruza investigación biográfica, experimentación musical, performance y artes visuales.
A partir de un archivo familiar y de la historia de su propia genealogía, Pablo Foladori construye una experiencia escénica que se aproxima a la memoria desde sus fragmentos. La historia de su padre y su tío, hermanos mellizos cuyas vidas estuvieron atravesadas por la enfermedad mental y la institucionalización psiquiátrica, se entrelaza con un proyecto artístico inconcluso: la representación de La tempestad, de William Shakespeare, en el Hospital Borda. El material biográfico no aparece, sin embargo, como un relato dispuesto a reconstruirse de manera lineal. Antes que ofrecer una narración cerrada, la obra propone ingresar en una zona de indeterminación donde los documentos, las imágenes, los cuerpos y los sonidos producen distintas aproximaciones a aquello que se intenta recordar.
La extrañeza es una de las primeras sensaciones que organiza la experiencia. No se trata necesariamente de una extrañeza provocada por lo desconocido, sino por la dificultad de establecer un régimen estable de percepción. ¿Qué estamos viendo? ¿Estamos frente a una reconstrucción, una evocación, una representación o un acontecimiento que sucede por primera vez ante nosotros? La obra parece resistirse deliberadamente a resolver estas preguntas. Su potencia reside, precisamente, en sostenerlas abiertas. La contemplación se vuelve entonces desdoblada. El espectador no observa un único acontecimiento, sino que debe desplazarse entre diferentes capas de sentido. La dimensión documental convive con la ficción; el archivo familiar se encuentra con la imaginación teatral; los cuerpos presentes evocan a otros cuerpos que ya no están. Lo que vemos nunca termina de agotarse en su manifestación inmediata: cada imagen parece contener otra, cada gesto remite a una ausencia y cada sonido abre una posibilidad de interpretación.
En este sentido, la liminalidad no funciona únicamente como una característica temática de la obra, sino como un principio que organiza su lenguaje. Los límites entre los géneros artísticos se desdibujan, pero también aquellos que separan al intérprete del personaje, al documento de la ficción y al pasado del presente. La ópera abandona aquí cualquier pretensión de constituirse como un género cerrado y se expande hacia una experiencia escénica donde la música, el movimiento, la imagen y la palabra participan de una misma investigación.
La referencia a La tempestad introduce, además, un universo simbólico particularmente fértil. La isla shakespeariana es un territorio de naufragios, encuentros y relaciones de poder; un espacio apartado del mundo donde las identidades se alteran y las jerarquías pueden ponerse en cuestión. En la propuesta de Foladori, esta referencia parece resonar con la experiencia del aislamiento institucional y familiar, pero también con la posibilidad de construir un territorio escénico donde aquello que quedó inconcluso pueda volver a acontecer. La memoria, en este contexto, no se presenta como una recuperación íntegra del pasado. Es, más bien, una operación de búsqueda. Los fragmentos del archivo no alcanzan para recomponer una totalidad y, quizás, tampoco sea esa la intención. La escena trabaja con los restos, con aquello que sobrevive a la desaparición y con la imposibilidad de restituir completamente una experiencia ajena. En lugar de completar los vacíos, la obra parece concederles un lugar propio.
La experimentación musical y la dimensión visual acompañan esta operación. La composición electroacústica, los instrumentos y las intervenciones performáticas amplían las posibilidades expresivas de la escena, desplazando el centro de gravedad desde la narración hacia la percepción. El sonido no necesariamente ilustra lo que vemos, así como las imágenes no se limitan a confirmar lo que escuchamos. Entre ambos lenguajes se producen asociaciones, tensiones y desplazamientos que invitan a una escucha y una mirada atentas. La disposición espacial participa de esta experiencia. El espacio teatral deja de funcionar como una separación nítida entre quienes observan y quienes ejecutan la acción para convertirse en un territorio compartido, donde la proximidad y la distancia adquieren nuevos sentidos. La contemplación ya no supone una posición completamente exterior: el espectador queda involucrado en aquello que observa, aunque nunca termine de comprenderlo en su totalidad.
“La isla” invita pues, a hacer del teatro un lugar de encuentro con aquello que no puede recuperarse por completo.
No pretende resolver el pasado ni clausurar sus heridas, sino volver a ponerlas en circulación, darles una forma transitoria y permitir que otros cuerpos las reciban.
La escena no devuelve a los ausentes, pero produce una instancia en la que su ausencia puede ser compartida.
Al final, la isla parece dejar de ser únicamente un territorio de aislamiento para convertirse también en una posibilidad de encuentro. Un espacio entre mundos, donde la memoria no se ofrece como certeza y donde la representación no pretende reemplazar aquello que representa. Y de nuevo el teatro siendo capaz de hacer presente lo ausente sin negar su ausencia; habitar, aunque sea por un instante, ese umbral en el que las cosas todavía no terminan de ser y, sin embargo, ya acontecen.
Ficha técnica de la obra