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“¿Qué es un fantasma?” La respuesta, advierte La Diabla, depende de a quién se le pregunte. Antes incluso de que comience la función, el habitual mensaje del teatro presenta lo que está por suceder como una “sesión”. La actriz y la pianista ya esperan en escena, listas para comenzar el contacto. En una noche especialmente fría, ese clima termina formando parte del convivio y acompaña la atmósfera que la obra construye desde el primer instante.

La Diabla o cómo destruir el mundo, con dramaturgia y dirección de Emiliano Dionisi y música de Martín Rodríguez, presenta a una demonóloga y médium invitada a ofrecer una conferencia en la que explica su método y hace contacto con otras voces del mundo espiritual. A partir de canciones, relatos e invocaciones, introduce al público en la “musicomancia”, un método para comunicarse con aquello que permanece más allá de nuestra percepción. La música no aparece únicamente como recurso expresivo del lenguaje del teatro musical: dentro del universo de la obra se convierte en la herramienta misma para hacer contacto, forma parte de la propia lógica de la ficción. Ahí la invitación que hace el personaje a retirarse a los “odiadores seriales” de los musicales resulta especialmente potente. En esta sesión, el canto se convierte en el medio a través del cual aquello invisible consigue hacerse presente y, al hacerlo, tematiza una de las mayores potencias del teatro musical: expresar aquello para lo que la palabra hablada ya no alcanza.

Ese vínculo entre música y contacto organiza también la estructura. Lo que comienza con el tono casi didáctico de una conferencia va adquiriendo una oscuridad cada vez mayor a medida que las voces convocadas dejan de pertenecer únicamente al mundo de los espíritus y empiezan a rozar la historia de la propia protagonista. Los cambios de iluminación, azul o roja con ciertas voces, focal en su relato, acompañados por la música en vivo de Gretel Cortés y el cuerpo de la actriz que participa de ese proceso, construyen una tensión que se vuelve cada vez más densa, casi imposible de ignorar.

Monina Bonelli sostiene ese recorrido con una presencia escénica extraordinaria. Alterna con naturalidad y habilidad puntillosa entre el humor, el misterio, el canto y el relato íntimo, pasando de voces y registros medidos a otros cada vez más sombríos sin perder nunca la organicidad: cada cambio de voz, de tono o de registro resulta verosímil. Su cuerpo, con la postura de bailarina clásica que la define al comienzo, se va modificando junto con el personaje, revelando pequeñas fisuras mucho antes de que la protagonista pueda reconocerlas.

Estrenada originalmente en el Teatro Nacional Cervantes, la obra llega a Timbre 4 con un cambio espacial que modifica sutilmente su atmósfera. Si el Salón Dorado del TNC reforzaba la apariencia prolija, elegante y casi institucional de la médium en sus primeras intervenciones, el espacio negro de Timbre 4 potencia la dimensión más espectral y oscura de la sesión. El nuevo ámbito favorece la sensación de contacto y de ritual.

Sin abandonar nunca el humor ni las referencias al presente, la obra deja que los fantasmas empiecen a adquirir otros sentidos. Ya no son solamente entidades sobrenaturales, sino también recuerdos, mandatos y heridas que insisten en volver. El pasado de la protagonista se va colando entre las voces que convoca, hasta que la pregunta por quiénes somos se vuelve indistinguible de la pregunta por quiénes fuimos, y lo que empezó como una conferencia termina desmoronándose desde adentro.

Cuando la sesión termina, la advertencia de Dionisi resuena: hay que tener cuidado con qué llamadas atender. La Diabla o cómo destruir el mundo propone exactamente eso, escuchar, pero no garantiza que lo que aparezca del otro lado sea cómodo ni manejable, y son las canciones el canal por donde llegan esas voces. Destruir lo conocido puede ser el primer paso hacia algo nuevo.