Se ingresa a la sala y el ya está ahí, un naufrago sobre su balsa, inmóvil, inmutable.
Como un loop interminable, se ve una escena de la película titanic, siendo proyectada sobre el mismo.
Se apagan las luces y Glub despierta de su letargo, tal vez estaba soñando.
Pablo Razuk nos lleva magistralmente a un viaje onírico y poético, donde se mezclan los textos propios y los de otros autores clásicos fáciles de ser reconocidos. Un coctel con humor, filosofía, reflexión y una pizca de realismo social.
En su viaje fuera de tiempo, el naufrago está acompañado por Poncio, un muñeco improvisado que si se lo mira en detalle, tiene cierta similitud con su hacedor.
En esas aguas acidas e inhóspitas, también hay moustros, aves y ausencias.
Todo transcurre en una balsa hecha de pallet y botellas plásticas vacías. Sobre ella un sillón raido, una escalera y hojas de libros desparramados. Lo que parece una puesta simple no lo es y se va volviendo más funcional tras el correr del relato.
El vestuario remite a siglos pasados y aporta a la visión distopica, al igual que el diseño sonoro y lumínico que acompañan permanentemente los acontecimientos.
Todo encaja perfecta y cuidadosamente, creando una puesta escénica impecable y con una clara y certera dirección.
Glub, no solo es un ejercicio de supervivencia, sino una maquinaria donde todas las piezas encajan a la perfección para convertirse en un masterclass de actuación.