La dirección actoral es el corazón del espectáculo: logra un equilibrio finísimo entre lo emocional y lo enigmático, guiando a los intérpretes hacia una verdad profundamente humana aun cuando todo alrededor parece distorsionado. El elenco responde con una energía sostenida, precisa, capaz de pasar del absurdo a la tensión con un control admirable.
