La química de Früst y Salinas es innegable, sus miradas intensas logran que como espectadores también sintamos el remolino de emociones que los sacude. Pero no todo es dolor e intensidad, Pérez, con sus intervenciones dinámicas y astutas, corta la tensión en el momento justo y nos hace reír, completando a su vez el contexto de escritura de la obra, donde, encarnando momentáneamente la voz del dramaturgo, nos cuenta que él mismo atravesaba momentos de cambios y buscaba su gran amor. A pesar de que se juegue constantemente con la idea de que las didascalias son prescindibles, su personaje no lo es.
