17/01/2026
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Emmanuel Maximiliano Pereyra sostiene el unipersonal con una actuación que mezcla firmeza y fragilidad. Su voz, que puede ser potente o casi quebrarse, acompaña el vaivén entre lo que Pedro piensa, dice e intenta ocultarse a sí mismo. No interpreta tanto una serie de anécdotas, como una forma de pensar: un hombre que, luego de una búsqueda externa de grandeza, se encuentra con lo que le queda, él mismo.

Entramos a la sala y vemos a un hombre sentado sobre una pila de libros, leyendo y escribiendo; Pedro, ya está ahí, en escena entre sus libros, con la música que lo acompaña. Pedro entre Páginas deja que el espectador ingrese desde un primer momento al mundo del personaje, un bibliotecario que, a través de los libros que lee y cuida, empieza a mirar su vida, mezclando recuerdos, fantasías y preguntas sobre quién fue, quién podría haber sido y cuál es el límite entre ficción y realidad. Desde ahí uno será testigo de su relato y sus reflexiones, como si entrase en su mente y lo acompañase, desde ese principio hasta el final de la obra.

La puesta en escena presenta una biblioteca, que parece ser también una extensión del pensamiento de Pedro. Él se ubica dentro de un círculo demarcado en el suelo con pilas de libros a su alrededor: un espacio donde los libros habilitan un recuerdo o una duda. La escena busca acompañar el modo en que Pedro piensa; por eso la iluminación marca con precisión los cambios internos del personaje, abriendo pequeñas ventanas: de sus reflexiones, a relatos y recuerdos.

Emmanuel Maximiliano Pereyra sostiene el unipersonal con una actuación que mezcla firmeza y fragilidad. Su voz, que puede ser potente o casi quebrarse, acompaña el vaivén entre lo que Pedro piensa, dice e intenta ocultarse a sí mismo. No interpreta tanto una serie de anécdotas, como una forma de pensar: un hombre que, luego de una búsqueda externa de grandeza, se encuentra con lo que le queda, él mismo.

En ese recorrido aparecen las figuras que marcaron su vida: Ingrid, Franco, la madre, como partes de una historia que Pedro revisa intentando entender qué buscaba cuando se fue y qué dejó atrás. La obra se pregunta, con él, si esa búsqueda era impulso o escape. Es ahí donde el Peer Gynt de Henrik Ibsen se hace presente en un territorio cercano, con las menciones al conurbano, el cuarteto y las fiestas del pueblo. Los duendes que en Ibsen prometen grandeza encuentran aquí su versión contemporánea en los llamados años dorados de Pedro, cuando era “rey del monte” y se creía invencible.

Hacia el final, todo vuelve al punto de partida. Allí no hay una respuesta cerrada, sino que la obra elige quedarse en la pregunta. Pedro entre páginas no plantea héroes ni derrotas, sino un modo de mirarse con honestidad, incluso cuando esa mirada incomoda. Cuando la escena se oscurece, queda también la pregunta que nos devuelve la obra: qué hacemos con lo que hemos sido y con lo que dejamos atrás. Acompañar al personaje en su proceso es, inevitablemente, rozar el nuestro y, de ese modo, el eco que deja el cierre no es solo teatral, sino personal.