06/01/2026
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Los actores —Marcelo Saltal, Verónica Kamlacz, Pablo Olarticochea, Gisela Fiordelmondo, Oscar Souto— funcionan como un ensamblaje afilado: cada uno aporta energía y riesgo. En algunos pasajes, el desborde propio del grotesco roza la saturación, pero esa intensidad es también parte del juego que propone la obra.
Desde el arranque, Llegaron los chicos juega con el desconcierto: lo que parece una comedia familiar termina deslizándose hacia lo grotesco y lo incómodo. Con pocos artificios escénicos, la obra consigue tensionar cada diálogo, cada silencio y cada gesto, y hacernos reír mientras se filtra algo más oscuro. Mario y Lucía parecen una pareja común, hasta que su decisión de adoptar desencadena una serie de choques culturales. Tras sortear una burocracia absurda, reciben a los hermanos Cabrera —Prince, La Turca y Cerebrito— tres jóvenes que llegan con sus propias reglas, con sus excesos, con descaro, con crudeza. Esa diferencia se vuelve el motor del conflicto, pero también la materia desde la cual emerge el humor salvaje de la obra. La narrativa cuidadosa de los propios personajes, que a veces rompen la cuarta pared, nos hace sentir parte de esa historia que transcurre en el conurbano bonaerense. No somos simples espectadores: estamos adentro de una cocina familiar donde el grotesco se mezcla con la realidad de todos los días. En escena aparecen los excesos, los vicios, la delincuencia, la sangre, el sexo como escapatoria o como trabajo. Pero también hay sueños —rotos, deshilachados— en un contexto que nunca ayuda demasiado. Es ahí donde lo grotesco se vuelve realista: porque no se trata de exagerar, sino de poner en primer plano lo que muchos prefieren mirar de costado. El humor no es anestesia, sino vehículo: lo grotesco no está allí por efecto, sino para evidenciar lo absurdo de ciertas expectativas sociales. Las fisuras aparecen en los chistes, en el choque de voces, en los silencios que hieren. En escenas donde todo puede explotar, el espectador queda en vilo, sin la certeza de hacia dónde va. La dirección de Gustavo Moscona sostiene ese equilibrio entre lo tragicómico y lo realista. No deja que prevalezca el cliché: la obra no se contenta con ridiculizar, sino que interroga. ¿Qué familia podemos imaginar en un país de contradicciones profundas? ¿Qué sucede cuando el amor choca con las desigualdades? Los actores —Marcelo Saltal, Verónica Kamlacz, Pablo Olarticochea, Gisela Fiordelmondo, Oscar Souto— funcionan como un ensamblaje afilado: cada uno aporta energía y riesgo. En algunos pasajes, el desborde propio del grotesco roza la saturación, pero esa intensidad es también parte del juego que propone la obra. Llegaron los chicos no es un entretenimiento liviano ni una comedia amable. Es una bofetada disfrazada de carcajada, una obra demoledora que destroza ilusiones mientras ríe con ellas.