08/01/2026
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Alfredo Martín y su equipo de creación compuesto por Cecilia Pérez, Gustavo Reverdito y Mirna Serra logran -de un modo admirable, respetuoso y reivindicador- rendir homenaje y traer a las tablas la lucha material y simbólica enfrentada en los años de la dictadura. Vuelven a la ficción a la vez un arma y un escudo que alguna vez fueron empuñados por un hombre que retrataba en su obra la resistencia desde la 'historia' de un hacer cotidiano.

«Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt» («Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán»)

Huellas de Haroldo lo comprende perfectamente:

¿Cómo se reconstruye la memoria? ¿Es acaso posible echar marcha atrás sobre las huellas que dejamos grabadas sobre el manto de la historia? Cabe aclarar: no hablamos aquí de esa Historia con “H”, sino de la ‘historia’ -así a secas. Esa que hacemos los seres humanos comunes en la épica de lo cotidiano, esa que se conserva en los pasillos del imaginario colectivo, esa que no se deja cristalizar por el archivo críptico de una polvorienta y derrotista enciclopedia nacional: esa que vive en los recuerdos. Si volver sobre esta ‘historia’ es en verdad posible, sólo puede traérsela al presente mediante el teatro; pues únicamente a través de él podemos revertir la condición de cadáver exhumado del pasado y desdoblar el tiempo del ahora para mantener viva la memoria.

Huellas de Haroldo de Alfredo Martín es un drama constituido en dos partes: un cuento y una verdad ficcionada. Estas, si bien pueden considerarse narraciones separadas, constituyen una misma historia y propósito; honrar la memoria de Haroldo Conti: escritor, esposo, periodista, padre, graduado de la Universidad de Buenos Aires, docente y militante secuestrado y desaparecido por la dictadura militar.

Primera parte; el cuento:
“Perfumada noche”. Una pequeña compañía de tres cómicos ambulantes de Chacabuco -bellamente interpretados por Ariel Haal, Pablo Mingrino y Lara Olgiati- ingresan a escena para narrar y representar la historia del amor jamás declarado que le guarda el señor Pelice a su querida señorita Haydée. En medio de una atmósfera encantadora que invita al espectador a habitar con ellos la fantasía del romance, los cómicos van mutando de narradores a personajes, de la felicidad a la tristeza y de lo particular a lo colectivo: el señor Pelice, en su condición de oficio de cohetero del pueblo, escribe cartas para Haydée que quema en bombas de estruendo. Cartas que ella nunca llegará a leer y que, además de afecto, evidencian el paso del tiempo: así como su vida y su amor se transforman silentes con los años, también lo hace su pueblo. Mediante el uso de diversos objetos en escena (maquetas a escala del pueblo, un paraguas, peces de papel, una rueda con luces, maletas, entre otros) y un hermoso y muy bien logrado trabajo de iluminación, los comediantes logran construir -al estilo juglaresco- mediante prosa, canto y verso un universo del cual entran y salen a placer haciendo a este relato escrito por Heraldo Conti tan palpable como conmovedor.

Segunda parte; la verdad ficcionada:
Ingresan a la escena un músico y un fantasma; el fantasma de Heraldo Conti. El escenario ya no es más palco de cómicos, ahora la escenografía consta de una oficina desvalijada. En el centro se coloca un escritorio, y sobre este descansa una máquina de escribir con una historia a la que no se le pudo dar final. Del extremo izquierdo de la sala vemos llegar al fantasma del escritor a ese, el último lugar en el que estuvo y del cual fue secuestrado. Marcelo Bucossi, en una actuación fenomenal, se encarga de darle vida al espectro de Haroldo Conti mediante un monólogo que condensa la ficción de su cuento guiado por sus criaturas y la verdad de su desaparición. Mediante flashes que van intercalando retazos de su vida, confesiones de sus pensamientos, espasmos de sus criaturas e instantes de su tragedia, se logra reconstruir no sólo el crimen cometido contra él, sino a su figura misma. La oportuna musicalización -compuesta por Quique Sosa y a cargo de Agustín Giganti- permite al público trasladarse entre los momentos hasta reconstruir ese final atroz y acompañar a Haroldo a su reencuentro con su historia y su ascenso a la otra vida.

Alfredo Martín y su equipo de creación compuesto por Cecilia Pérez, Gustavo Reverdito y Mirna Serra logran -de un modo admirable, respetuoso y reivindicador- rendir homenaje y traer a las tablas la lucha material y simbólica enfrentada en los años de la dictadura. Vuelven a la ficción a la vez un arma y un escudo que alguna vez fueron empuñados por un hombre que retrataba en su obra la resistencia desde la ‘historia’ de un hacer cotidiano.

El teatro, en tanto hecho social, es también un compromiso político. Huellas de Haroldo es una obra necesaria que nos demuestra que quienes nos fueron arrebatados en el pasado estarán siempre presentes en tanto sigamos reactivando su legado.